Ajarei mot-Kedoshín se enfoca en la santidad. El pueblo judío no sólo tiene la obligación de adherirse a los mandamientos de Dios, sino que a través de ellos nos santificamos y nos volvemos sagrados. En estas dos parashiot, que generalmente se leen juntas, la Torá nos da instrucciones específicas para lograr este elevado objetivo. Lo que importa no es sólo lo que debemos hacer, sino que igualmente importante es que lo debemos evitar hacer.

“No imites las prácticas de la tierra de Egipto en la que moraste, y no imites las prácticas de la tierra de Canaán a la que te traigo, y no sigas sus costumbres”.1 Y esto aplica a todas las tierras de nuestras peregrinaciones.

Siempre es tentador pertenecer a un grupo, seguir a las masas y adoptar lo que está de moda. Por ello, al comienzo mismo de nuestra historia, Hashem nos advierte que si queremos sobrevivir como judíos debemos conservar nuestra fe, no podemos imitar las prácticas de las naciones entre las que moramos. Nuestra moral y nuestra ética tienen su raíz en el Sinaí y no se pueden cambiar, mientras que las reglas que legislan las vidas de las naciones, las leyes con las que viven, están en un constante flujo de cambio. Lo que ayer se consideraba inmoral hoy se puede aceptar. Sin ir muy lejos, considera el lenguaje que se volvió políticamente correcto, la forma de vestir que se considera la "alta moda", el entretenimiento que se considera "cultura", la forma en que se les permite a los jóvenes dirigirse a los ancianos, el colapso de nuestras familias… Entonces verás por ti mismo la sabiduría de esta prohibición.

Pero, ¿qué pasa si no lo vemos? ¿Qué tiene de malo estar cómodos y no criticar lo que defiende la sociedad? Recuerda las palabras finales de este pasaje: “No sigas sus costumbres”. La única forma que tenía el pueblo judío para sobrevivir los siglos de exilio, la única forma que tenemos para resistir la acometida de la asimilación, es aferrarnos tenazmente a las leyes de nuestra Torá y alejarnos de esos estatutos a los que, a primera vista, podríamos sentirnos atraídos. Nuestro modo de vida, nuestros valores, nuestra moral, todo tiene su raíz en el Sinaí y en esa Voz Divina que nos obliga eternamente en toda cultura y en todo país.

La confianza: la base de todas las relaciones

Una de las mitzvot que menciona esta parashá es: “No pondrás un obstáculo delante de un ciego”.2 Esta declaración no debe entenderse literalmente, sino que también nos obliga a tener cuidado de no dar malos consejos. También debemos asegurarnos de no tener objetivos ocultos y que nuestra motivación para dar ese consejo sea pura. Sin embargo, la pregunta que surge es: ¿Por qué la Torá no declara simplemente que está prohibido engañar a otra persona? ¿Por qué habla de forma metafórica: “poner un obstáculo delante de un ciego”?

La Torá quiere enseñarnos la seriedad y la importancia de la confianza. Así como a ninguna persona sana se le ocurriría hacer tropezar a un ciego o hacer que se pare frente a un vehículo en movimiento, aconsejar mal a otro es igualmente deplorable. Todos sabemos lo doloroso que es descubrir que fuimos traicionados por personas en las que depositamos nuestra confianza, por lo tanto deberíamos procurar no hacer lo mismo a otros. Todas las relaciones se construyen sobre la confianza. Ni los individuos, ni las familias, ni las sociedades pueden sobrevivir cuando no hay confianza. Cuando llegamos a entender esto y comprendemos que engañar o confundir a una persona no se diferencia de permitir que un ciego cruce una avenida con el semáforo en verde, con certeza seremos más sensibles a cada palabra que pronunciemos.

La regla de oro

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”.3 Rabí Akiva proclamó que este es un principio fundamental de la Torá, del cual podemos aprender a relacionarnos con los demás. La pregunta es si es posible amar a otra persona como nos amamos a nosotros mismos. El gran maestro jasídico, el Báal Shem Tov, respondió recordándonos que así como somos conscientes de nuestros muchos defectos y de todas formas nos amamos a nosotros mismos, así también debemos ser amables con los demás y amarlos a pesar de sus defectos.

El Rambam (Maimónides) enseña que este mandamiento nos obliga a amar a todos los judíos como a nosotros mismos, a actuar con afecto y tener cuidado de sus sentimientos, sus posesiones, su dinero y su dignidad tal como lo haríamos con los propios. Por otro lado, el Rambán (Najmánides) enseña que la Torá no nos exige literalmente que amemos a la otra persona como nos amamos a nosotros mismos. De hecho, hay una regla que establece que en tiempos de peligro, nuestra propia vida tiene precedencia. Lo que Dios exige es que deseemos para los demás lo que deseamos para nosotros mismos, y que los tratemos con el mismo respeto y consideración que deseamos para nosotros.

Hilel el Anciano parafraseó este mandamiento y dijo: “Lo que no te gusta que te hagan, no se lo hagas a los demás”, y le dijo a un futuro converso: “Esa es toda la Torá. Ve y estúdiala. El resto es comentario”.

El camino a la santidad

En la parashá de esta semana, descubrimos el significado de la espiritualidad. Dios proclama: “Vihitem Li kedoshim, ki kadosh Aní Hashem - Serán santos para Mí, porque Yo, Hashem, soy santo”…4

¿Acaso un hombre común y corriente puede aspirar a la santidad? ¿Eso es realista? Sí, la Torá declara no sólo que es posible alcanzar ese objetivo, sino que tenemos la obligación de hacerlo. Nuestra parashá no presenta este mandamiento como una idea teorética, sino que detalla los pasos exactos que se deben dar para concretar ese objetivo. Como resultado, en esta parashá se menciona la mayoría de las cosas esenciales de la Torá, porque a través de la adherencia a esas mitzvot nos volvemos santos. Estas mitzvot incluyen desde respetar a los padres hasta amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, desde no vengarse hasta cuidarse de no caer en chismeríos, desde ser amable con los extraños hasta pagarle al obrero en el mismo día, desde respetar el Shabat hasta no adorar ídolos, y mucho más. Esto cubre todos los aspectos de la vida.

Todavía más, Dios le ordenó a Moshé que enseñe esos mandamientos a toda la nación: “Kol adat benei Israel”, todo judío debía estar presente para resaltar el hecho de que la santidad no pueda lograrse mediante una existencia ermitaña, a través de la negación de uno mismo, la meditación o escalando el Himalaya, sino sólo al tratar a los demás con jésed, justicia, consideración y amor, acercándolos y acercándonos así a Hashem.

El mapa a la santidad

La Torá nunca deja nada a la especulación, sino que nos brinda un mapa claro que nos muestra cómo alcanzar nuestros objetivos. Nuestros Sabios delinearon varios caminos que llevan a la santidad:

1) Sepárate de lo inmoral y pecaminoso. Obviamente, nuestra definición de lo que es inmoral o pecado basada en la Torá es muy distinta de lo que la cultura del siglo XXI acepta como norma. Como judíos responsables, debemos estudiar exactamente qué significa "inmoral y pecaminoso".

2) Santifícate con aquello que está permitido. Se nos encarga atemperar todas nuestras acciones y palabras con disciplina. Por ejemplo, se nos permite comer, pero no ser glotones; se nos permite comprar, pero no ser adictos a las compras; se nos permite beber alcohol, pero no emborracharnos. Nosotros santificamos el vino hacienda kidush.

3) Hacer que Dios sea amado mediante nuestras acciones y palabras. Como judíos, tenemos la responsabilidad de ser los embajadores de Dios. Por ello tenemos el mandato de inspirar a las personas para que amen y alaben a Dios. Al demostrar bondad, refinamiento y consideración, traemos honor y gloria al Nombre de Dios. Esta obligación no se reduce a importantes eventos mundiales, sino también a nuestras interacciones cotidianas, como agradecerle al empleado de una tienda o a una azafata, cederle a alguien el paso y no arrebatarle a otro el lugar de estacionamiento. Los ejemplos son infinitos.

4) Así como Dios es compasivo y misericordioso, nosotros también debemos ser compasivos y misericordiosos. Debemos esforzarnos para emular los atributos de Dios de compasión y misericordia en nuestras relaciones personales, porque allí se encuentra la esencia de la santidad. A primera vista, puede parecer que esto es lo más difícil de todo, pero si tenemos en cuenta que queremos que Dios nos perdone por nuestras transgresiones, sin dudas seremos capaces de decir dos poderosas palabras: "Te perdono".


NOTAS

1. Levítico 18:30.
2. Ibíd. 19:14.
3. Ibíd. 19:18.
4. Ibíd. 20:26.