En Parashat Bereshit aprendemos muchas enseñanzas importantes, pero ninguna más poderosa y perdurable que la importancia y la santidad de las palabras y el habla. La Torá enseña que Dios creó el mundo con diez enunciados —con el habla Divina—. Con cada mandamiento sagrado se creó nuestro universo. Hashem implantó este regalo del habla en el hombre. De todas las criaturas de la tierra, sólo los humanos tenemos la capacidad para comunicarnos inteligentemente de forma verbal. Debemos tener siempre presente que, incluso si fue Dios Quien creó con "palabras", en nuestro propio nivel, nosotros también tenemos el poder de hacerlo.

Una y otra vez, la Torá nos advierte que seamos muy cuidadosos con lo que sale de nuestros labios porque, como nos dice el Rey Salomón, "La muerte y la vida están en la lengua" (1). Antes de hablar, detente por un momento y piensa en el impacto que tus palabras tendrán en los demás. ¿Qué clase de entorno y relaciones deseas crear con tu habla? ¿Les hablas a tus familiares y amigos con amor y respeto? ¿Piensas en lo que vas a decir antes de decirlo, y en el efecto que tendrá en las personas a las que se lo quieres decir? ¿Qué tan cuidadoso eres con lo que sale de tus labios?

La Torá tiene más mandamientos respecto al habla que cualquier otra mitzvá: 17 negativos y 14 positivos. Fue por medio del habla que señalamos nuestro compromiso al Pacto del Sinaí cuando proclamamos "naasé venishmá", ‘haremos y luego entenderemos’ (2). Es por medio del habla (la plegaria) que hablamos a diario con Dios, trayendo una influencia espiritual positiva sobre lo mundano. Sin embargo, el habla también puede tener efectos terriblemente negativos: fue a través del habla que Hitler perpetró una maldad terrible a la humanidad. Él mismo nunca tomó un arma, sino que usó su lengua letal para incitar al mundo a odiar y a asesinar. Realmente, "La muerte y la vida están en la lengua".

Piensa antes de hablar y pregúntate: "¿Generarán mis palabras luz u oscuridad, amor u odio, bendición o maldición? La decisión es tuya. Usa el regalo Divino del Habla con cuidado y sabiduría, en el servicio de Dios.

La lengua sagrada: Toda palabra es definitiva

Dios invita a Adam a identificar a cada criatura y darles nombres que reflejen su esencia (3). Adam tiene una percepción increíble y es capaz de vislumbrar la función de cada cosa que Dios trajo ante él. Por ejemplo, llamó al perro kélev, cuyas letras también significan ‘como un corazón’, enseñando que el perro puede ser un amigo leal.

El nombre mismo de Adam indica su misión, porque si una persona quiere cumplir su misión, si quiere conocer su potencial, primero debe conocer sus fortalezas y debilidades. Por lo tanto, Adam se llamó a sí mismo Adam, implicando que Dios lo creó a partir de la tierra, adamá. Esta designación es confusa, porque anteriormente había sido escrito que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que Dios insufló vida en él (4), y que el hálito de Dios se convirtió en el alma de la persona. Entonces, ¿por qué Hashem no le llamó Neshamá (alma) en lugar de Adam (tierra)?

Adam, con su increíble percepción, entendió de esto que, por más espiritual que sea una persona, siempre estará atada al mundo físico y, precisamente por eso, es vulnerable. Las tentaciones la rodean y, en tan sólo un momento, puede perder su espiritualidad. El más suave de los vientos puede echarla a volar, por lo que siempre debe proteger la chispa Divina que Dios le dio. Más aún, precisamente porque su alma es el hálito de Dios, debe tener cuidado para no mancillarla y tener siempre presente que también es Adam, que está hecho de tierra y es vulnerable. Además, la palabra Adam está formada por las letras de la palabra hebrea mod, que significa ‘obsesivo’, enseñándonos que si el hombre no es cuidadoso puede muy fácilmente volverse obsesivo con sus necesidades materiales y hacerse adicto a ellas.

Esta enseñanza también se ve reforzada en los rezos de Iom Kipur. Iom Kipur es el día más sagrado, en el que no comemos, bebemos ni hacemos nada que sea físico y material. Sin embargo, en el servicio vespertino de minjá, cuando el día se acerca a su final, la lectura de la Torá trata sobre las leyes de moral sexual. De nuevo, se nos recuerda que nuestro mundo físico está lleno de peligro, que tiene tantos atractivos que pueden atraparnos, por lo que debemos estar constantemente alerta y cuidar nuestras neshamot (almas) viviendo de forma compatible con la moral de la Torá.

Por desgracia, en nuestro mundo se le da muy poca atención a nuestro bienestar espiritual. La mayoría de nuestras actividades giran alrededor de lo material. Nuestras neshamot están desnutridas. La mejor forma de revivir y sustentar a nuestras almas es mejorar nuestra espiritualidad a través de la plegaria, el estudio de Torá y la realización de mitzvot.

La creación de la mujer

En contraste a Adam, de quien está escrito Vayetzer Hashem et haadam afar min haadamá (Dios creó al hombre a partir del polvo de la tierra) (5), respecto a la mujer se usa la palabra vayivén (6), que literalmente significa ‘construir’. La palabra vayivén tiene las mismas letras que la palabra biná (entendimiento). La biná va más allá de la sabiduría. En cambio, es una capacidad intuitiva para ver más allá, para construir, enseñándonos que Hashem invistió a la mujer con una dimensión extra de sabiduría y le encargó la responsabilidad más sagrada: cuidar a los niños, construir las generaciones futuras. Nuestros Sabios fueron sensibles a esta bendición de biná que recibieron las mujeres y se sintieron privilegiados de poder consultar a sus esposas.

Por ejemplo, Rabí Elazar Ben Azariá consultó con su esposa antes de aceptar la invitación para convertirse en el líder del Sanedrín y Rabí Akiva actuó en base a la recomendación de Rajel, su esposa, quien vio su potencial para ser rabino, y estudió Torá intensamente durante muchos años. Por esto, no es casual que Dios le haya instruido a Moshé, cuando entregó la Torá, ko tomar lebeit Yaakov (así le hablarás a la casa de Yaakov) (7). Nuestros Sabios explican que Beit Yaakov hace referencia a las mujeres. Las mujeres fueron las primeras en recibir la instrucción, porque son quienes tienen la capacidad para inspirar a las generaciones futuras y asegurar el compromiso. Como fue dicho: "Educa a una mujer y educas a una familia (a una nación), educa a un hombre y educas a un individuo".

Aceptar la responsabilidad

Todo el mundo sabe que el primer pecado que cometió el ser humano fue comer del fruto prohibido en el Jardín del Edén. Sin embargo, si analizamos con un poco más de profundidad, descubriremos que la historia de la humanidad hubiera podido ser diferente si el hombre hubiera tenido el coraje para aceptar la responsabilidad por su trasgresión. Después de cometer el pecado, Adam intentó esconderse de Dios, por lo que Dios llamó "Ayeka", ‘¿en dónde estás?’ (8).

Pero, ¿puede el hombre esconderse de Dios? ¿Cree realmente el hombre que Dios no sabe adónde está? Con la pregunta ayeka (¿dónde estás?), Dios desafió a Adam para que acepte su responsabilidad por el pecado. Ayeka tiene doble sentido, significa también eijá (cómo), implicando: "¿Cómo pudiste hacer eso? Examina tu vida. ¿Cómo pudiste alejarte tan rápido del camino que te encomendé?".

Adam, en lugar de hacer introspección, ver el error, aprender de él y aceptar la responsabilidad, buscó un chivo expiatorio y, mostrando una falta de hakarat hatov (gratitud, reconocimiento del bien), dijo: "La mujer que me diste, ella me dio del árbol y yo comí (9). Eva hizo lo mismo. Ella también buscó un chivo expiatorio y afirmó que la serpiente la había tentado. Nuestros Sabios nos dicen que fue esta falta de voluntad para aceptar la responsabilidad y reparar el error cometido lo que selló su destino e hizo que sean expulsados del Jardín de Edén.

Examinemos nuestras propias vidas. ¿Es posible que, al rebelarnos contra Dios, nosotros también tratemos de ocultarnos de Él? ¿Es posible que, también nosotros, busquemos un chivo expiatorio y culpemos por nuestros errores a otras personas o factores, como nuestra familia, amigos, escuela, lugar de trabajo o entorno social? Si deseamos crecer espiritualmente, debemos demostrar nuestra integridad y decir: soy responsable.

Dios es nuestro Padre y nos ama, está dispuesto a perdonarnos. Pero, para que nos perdone, debemos tener el coraje para decir: "Perdón, me equivoqué". De hecho, ese es el aspecto central del rezo de Iom Kipur, cuando confesamos ante Dios sin "peros" ni justificativos. Cuando rezamos, debemos hablar sinceramente, arrepentirnos de corazón, empequeñecernos ante Dios y aceptar la responsabilidad por nuestras acciones. Sólo entonces podremos ser perdonados.


Notas:

1 Ver Proverbios 18:21: "La muerte y la vida están en el poder de la lengua"

2 Éxodo 24:7

3 Génesis 2:19-20

4 Ibíd. 2:7

5 Ibíd. 2:7

6 Ibíd. 2:22

7 Éxodo 19:3

8 Génesis 3:9

9 Ibíd. 3:12