En Parashat Toldot leemos que Esav nació completamente rojo.1 Sin embargo pasaron varios años hasta que ya adulto le exigió a su hermano Iaakov: "hazme tragar esa cosa roja…"2 y entonces fue llamado "Edom" (rojo). Edom es una metáfora de la crueldad y la sed de sangre. Esav nació con el potencial para ser un asesino, pero también tenía la posibilidad de canalizar sus inclinaciones de forma positiva. Sólo cuando usó sus cualidades para mal recibió el nombre Edom. Aprendemos de esto que todas las tendencias y cualidades personales pueden canalizarse de forma positiva o negativa. La elección es nuestra y somos juzgados en base a las elecciones que hacemos. Cuando Esav se expresó de una forma tan tosca y cruel, "hazme tragar ahora de esa cosa roja", fue llamado Edom, porque eligió ser una persona tosca y cruel.

Aprendemos que nuestras palabras no sólo impactan sobre los demás sino que, todavía más importante, influyen y dan forma a nuestra personalidad. Si hablas de forma fría y desinteresada, terminarás volviéndote frío y desinteresado. Si hablas de forma afectuosa y amable, es posible que te vuelvas una persona afectuosa y amable. La Torá nos alerta sobre los efectos que nuestras acciones y palabras tienen a largo plazo moldeando nuestro carácter. Por lo tanto, siempre debemos estar en guardia y cuidarnos de usar un lenguaje refinado, gentil y palabras compasivas, no sólo para interactuar con los demás con calidez y amor, sino también para convertirnos en personas mejores y más amables.

Uno podría llegar a argumentar que Esav no puede considerarse responsable por sus costumbres barbáricas. Al fin de cuentas él nació rojo, tenía una tendencia innata al mal. ¿Acaso en el guion de nuestra vida no está todo predeterminado antes de nuestro nacimiento? En cierto punto es cierto; sin embargo, recibimos libre albedrío para la más crucial de nuestras decisiones: para dar forma a nuestro carácter. El Talmud declara: "Todo está en manos del Cielo, excepto irat Shamáim (la reverencia y el temor a Dios)". Por ejemplo, antes de nacer se determina cuál será nuestro coeficiente intelectual, pero nosotros decidimos (basados en nuestra reverencia a Dios) si lo usaremos para traer bendición a los demás o, que Dios no lo permita, para causarles daño y dolor. Considera qué diferente habría sido el mundo si Hitler hubiera usado su capacidad para influir en la opinión pública para bien en lugar de ser una mala influencia. Lo mismo es cierto en cada área de la vida.

Un ejemplo perfecto es David, rey de Israel. Él nos demostró cómo una persona puede aprovechar sus características innatas y canalizarlas para el beneficio de la humanidad. Está escrito que también David nació rojo, pero su irat Shamáim fue la luz que dirigió su vida. Por eso con sus palabras creó Salmos y con su coraje derrotó al malvado Goliat y alteró para siempre el curso de la humanidad. Estas ideas de la parashá deben inspirarnos a analizar minuciosamente nuestra personalidad, medir nuestras palabras y evaluar nuestros actos para poder convertir nuestros defectos en fortalezas, nuestros fracasos en sabiduría y nuestra apatía en interés. Cada uno tiene que hacer su parte para crear un mundo mejor.

Nuestras raíces – nuestros tesoros

Ya conocemos la historia de Iaakov y Esav, el eje de esta parashá. Sin embargo, hay otros pasajes menos conocidos que, a primera vista, parecen tener menos importancia o relevancia a nivel personal. Sin embargo, al examinarlos en profundidad nos revelan la historia de nuestro pueblo y nuestra resiliencia eterna.

Al igual que en los días de Abraham, cuando la hambruna forzó al patriarca a abandonar su hogar, Itzjak enfrentó el hambre y por el mandato de Hashem se fue a vivir a la tierra de Guerar, donde reinaba el Rey Avimélej. Allí, Itzjak prosperó y volvió a cavar los pozos que habían cavado los sirvientes de su padre, Abraham. Esos pozos producían agua “viva", y los habitantes de Guerar los habían tapado por odio y envidia. Itzjak no sólo abrió los pozos, sino que les puso los mismos nombres que anteriormente les había puesto su padre.3

El mensaje de esos pozos es profundo y tiene una conexión directa con nosotros en la actualidad. Los pozos que producen aguas vivas son un símbolo de la Torá. Quienes nos odian, no toleran que excavemos nuestros pozos y saquemos los tesoros espirituales ocultos en nuestras almas. En cada generación encuentran otra forma para perseguirnos y cerrar nuestros pozos. Pero así como Itzjak volvió a abrir los pozos de su padre, también nosotros debemos abrir nuestros antiguos pozos, cavar profundo y refrescar nuestras almas. Nunca debemos desanimarnos, nunca debemos renunciar. El estudio de la Torá no es sólo un pasatiempo, sino nuestra vida misma, la esencia de nuestro ser, y no hay nada en el universo que pueda separarnos de ello.

Además, cuando Itzjak nombró a los pozos de la misma forma en que lo había hecho su padre nos enseñó que en lo que respecta a la espiritualidad, debemos ir hasta las raíces y los cimientos que establecieron nuestros padres. Ni siquiera podemos atrevernos a cambiar los nombres, cuánto más entonces debemos conservar el camino que nuestros ancestros pavimentaron para nosotros. Nuestras plegarias, nuestras mitzvot, nuestro jésed, todo está simbolizado por esos pozos, y en eso se basa nuestra resiliencia. Itzjak renovó los pozos de Abraham, y esos tres pozos son recordatorios de nuestros Templos Sagrados: los primeros dos que fueron destruidos y el tercero que aún no se ha construido y que permanecerá para la eternidad.

Nuestra generación sabe que hubo quienes quisieron cerrar nuestros pozos. Los nazis y los comunistas lo intentaron y fracasaron. La Torá que una vez se estudió en las ieshivot de Europa no fue consumida por las llamas del Holocausto. Esa Torá encontró nueva vida en Israel, en los Estados Unidos y en todo el mundo, donde sea que vivan descendientes de Itzjak. Afortunadamente para nosotros, en este país nuestros pozos no fueron cerrados. No tenemos que poner en peligro nuestra vida para estudiar Torá. Sólo debemos excavar profundamente en nuestros corazones, renovar nuestro compromiso al pacto con Dios y descubriremos un manantial de tesoros.


NOTAS

1. Génesis 25:25.
2. Ibíd. 25:30.
3. Ibíd. 26:15-18.