Iosef murió, así como todos sus hermanos y toda esa generación. Los Hijos de Israel fructificaron y pulularon, se incrementaron y se volvieron muy poderosos, y la tierra se llenó de ellos. Se levantó un nuevo rey en Egipto que no conocía a Iosef (Éxodo 1:6-8).

Esos versículos revelan las semillas del antisemitismo. Los Patriarcas de las tribus, toda la generación que mantuvo a la nación fiel a su fe, había fallecido. Al mismo tiempo el pueblo judío creció, se multiplicó en gran número, se esparció por todo Egipto, y se volvió parte de la cultura egipcia. Con esta asimilación a la cultura egipcia encontramos el comienzo del antisemitismo.

Hay un nuevo Faraón "que no conocía a Iosef". ¿Cómo es posible? ¿Acaso el presidente de los Estados Unidos puede decir que no conoce a quien le precedió en la Casa Blanca? Nuestros Sabios explican que el Faraón no quiso conocer a Iosef. No quiso reconocer que Iosef, literalmente, había salvado a Egipto de la ruina. Tampoco quiso reconocer las contribuciones del pueblo judío. Este mismo patrón de antisemitismo lo encontramos a lo largo de toda nuestra historia.

Nuestra madre, la Rebetzin Esther Jungreis, que vivió los horrores del Holocausto, relataba a menudo que muchos judíos asimilados de Europa afirmaban con orgullo ser alemanes, húngaros, etc., y para nada judíos. Esos judíos se desmoronaron emocional y espiritualmente cuando descubrieron que, de la noche a la mañana, fueron etiquetados como "judíos, enemigos de la humanidad", y señalados para el exterminio. Sí, hubo un nuevo rey en Europa que no conoció a Iosef. Pasaron milenios y no cambió nada. Nosotros, el pueblo judío, debemos comprender que el antisemitismo tiene sus raíces en la asimilación y que hay un solo lugar en el que podemos encontrar refugio: dentro del estilo de vida de Torá que Dios nos dio.

LLEGAR A SER UN HOMBRE GRANDIOSO

En parashat Shemot encontramos por primera vez al profeta más grandioso de la historia, al hombre que habló con Dios cara a cara: Moshé Rabeinu, Moisés, nuestro rabino, nuestro maestro. Moshé era brillante, fuerte, apuesto y poderoso, pero no fue por ninguna de esas razones que fue elegido para ser líder.

¿Cuál fue la grandeza de Moshé? ¿Cuáles son las cualidades que hacen que una persona trascienda y se convierta en un gigante espiritual?

Está escrito: vaigdal Moshé - Moshé creció y salió hacia sus hermanos [esclavizados] y observó sus cargas…1 Moshé no sólo vio el dolor de su pueblo, sino que también lo sintió, y no sólo lo sintió, sino que también se esforzó para hacer algo al respecto, como vemos en los versículos más adelante.

Moshé fue educado en el palacio del Faraón, era un príncipe del imperio más poderoso del mundo. Hubiera podido cerrar sus ojos y permanecer indiferente a los gritos de angustia de sus hermanos; pero eligió renunciar a la opulencia del palacio, al poder de su posición real, para compadecerse de sus hermanos oprimidos por la esclavitud. Sintió en carne propia el tormento, lloró por ellos, rezó por ellos, luchó por ellos, e incluso cuando era un niño convenció al Faraón para que les permitiera descansar un día cada siete. De esta manera, Moshé le permitió al pueblo judío respetar el Shabat, algo que recordamos hasta el día de hoy en la Amidá (Shemoná Esré) de Shajarit (el servicio de plegarias matutinas) cuando declaramos: Ismaj Moshé bematnat jelkó - Moshé se alegró con el regalo de su porción. Y recordemos que en este momento de su vida, todavía no se le había encargado ninguna misión. Ninguna voz Divina le había hablado. Lo hizo por bondad, por la pureza de su propia alma, y aquí radica su grandeza.

El dolor y el amor que Moshé sentía por sus hermanos judíos continuaron grabados siempre en su corazón. Cuando se vio forzado a huir de Egipto y nació su primer hijo en Midián, Moshé lo llamó "Guershom", lo que le recordó que él también moraba en una tierra ajena, al igual que sus hermanos. En la zarza ardiente, Dios le habló sobre el sufrimiento de sus hermanos, quienes estaban en medio de las llamas de Egipto pero que, a pesar de su tormento, no eran consumidos y continuaban siendo judíos.

El Midrash relata que, antes de encargarle a Moshé su misión, Dios le puso otra prueba. Cuando Moshé hacía pastar en el desierto el rebaño de su suegro, Itró, un pequeño cordero huyó. Preocupado, Moshé fue a buscarlo. Finalmente encontró al animal bebiendo en un arroyo. "Mi pobre cordero", dijo Moshé. "No sabía que tenías sed, perdóname. Debes estar cansado". Y levantó al cordero sobre sus hombros para llevarlo de regreso al rebaño.

Entonces se escuchó una voz Celestial: "Este es el hombre que merece ser el pastor de Mi pueblo". Así Moshé se convirtió en el roé neemán, el pastor leal de Israel.

No es necesario ser un rabino, ni tener un postgrado en psicología, ni hacer un curso especial de liderazgo para ser un pastor leal. Lo único que se necesita es sentir amor hacia quienes uno guía, preocuparse por su bienestar y dedicarse a ellos. Con entendimiento y empatía, y guiándose siempre con las leyes de Dios, uno puede liderar a su familia por el camino de la rectitud.

LAS APTITUDES NECESARIAS PARA UN LÍDER

La Torá da testimonio de que ninguna otra persona estuvo cerca de la grandeza de Moshé en su percepción de la profecía de Dios. Si bien no podemos llegar a comprender por completo su majestuosidad, trataremos de señalar algunas de las capacidades que lo hicieron único. Quizás una forma de hacerlo sea contrastar su vida con la de Nóaj.

En un primer momento la Torá describe a Moshé de forma muy modesta. Las hijas de Itró incluso se refirieron a él como "un hombre egipcio".2 Por otro lado, Nóaj es descrito como un tzadik, un hombre completamente recto.3 Sin embargo, al final de sus vidas, sus roles se invierten. Moshé es llamado "el siervo de Dios",4 mientras que Nóaj es llamado "el hombre de la tierra".5 ¿Qué llevó al ascenso espiritual de Moshé y al descenso espiritual de Nóaj?

Sí, Nóaj construyó el Arca tal como Dios le ordenó, pero nunca puso su vida en peligro para salvar a otros. No le suplicó a Dios que salvara a su generación. En contraste, cuando la supervivencia del pueblo judío estuvo en riesgo después del pecado del Becerro de Oro, Moshé le suplicó a Dios que perdonara al pueblo o "borra mi nombre de Tu Libro". La Torá enseña que medimos el éxito no en base a lo que logramos nosotros mismos, sino a cómo impactamos sobre nuestros semejantes y el grado en que nos convertimos en una bendición para los demás. Esto no significa que debamos descuidarnos a nosotros mismos o a nuestras necesidades, pero sí que debemos expandir nuestro ser para incluir a otros y hacer que sus preocupaciones sean también las nuestras.

Es posible que la persona promedio entienda mejor esta idea a través de la unión que siente con su familia inmediata, pero si se pudiera extender esta unión, este amor, para abarcar un círculo más amplio, su alma se expandiría y la experiencia la volvería una persona más fuerte y mejor. Moshé llegó a este amor de forma natural, estaba en sus genes. Su madre, Iojéved, y su hermana, Miriam, eran las parteras de la comunidad judía que valientemente desafiaron el decreto del Faraón y salvaron a los bebés. No sólo los salvaron sino que los cuidaron amorosamente como si hubieran sido sus propios hijos.

Para Moshé, cada alma era valiosa. Él cuidaba y se preocupaba por cada persona de su rebaño. Al reconocer la grandeza de Moshé, podemos tratar de emularlo en alguna medida y conectarnos con nuestros hermanos, sentir su dolor, disfrutar su alegría y hacer jésed con ellos.

LA VERDADERA IDENTIDAD DE BATIA

Si nos dijeran que durante el Holocausto la hija de Hitler decidió convertirse al judaísmo, no lo creeríamos ni por un segundo. Simplemente no es algo creíble. Entonces, ¿cómo podemos explicar el fenómeno del deseo de Batia de convertirse? Después de todo, su padre era el "Hitler" de esa generación, quien intentaba destruir a la nación judía incluso antes de que esta comenzara a existir.

La Kabalá enseña que Batia era un guilgul (reencarnación) de Javá, la primera mujer. En el Jardín del Edén, Javá estiró su mano para tomar del fruto prohibido,6 y de esta forma extinguió la luz del mundo, la ley de Dios. Siglos después, volvió a nacer para realizar un tikún (rectificación) de su error, por lo que estira su mano nuevamente, esta vez para rescatar la canasta que contenía la luz del mundo: Moshé, quien ascendería al Monte Sinaí, nos daría la Torá y restauraría la luz de Dios.

No tenemos forma de saber si vivimos una vida anterior ni qué errores cometimos en el pasado. Pero una cosa podemos saber con certeza: ante cualquier desafío que se nos presente en el camino, debemos ponernos a la altura de la ocasión y esforzarnos para superarlo. Dios es el Amo del universo, y Él pone pruebas y desafíos en nuestro camino para que cumplamos nuestra verdadera misión en la vida. Por lo tanto, al encontrar desafíos, nunca debemos sentirnos abrumados o paralizados. Hashem nunca nos daría una prueba que no seamos capaces de superar.


Notas:

1. Éxodo 2:11.
2. Ibíd. 2:19.
3. Génesis 6:9.
4. Deuteronomio 34:5.
5. Génesis 9:20.
6. Ver Génesis 3:6.