Esta parashá probablemente sea la más emotiva de la Torá. Después de 22 años de separación, Iosef se revela ante sus hermanos y declara: "Yo soy Iosef, ¿mi padre aún vive?1 Estas palabras fueron la crítica más demoledora que Iosef pudo haber hecho a sus hermanos. En lugar de recriminarles por haberlo vendido como esclavo, simplemente dijo: "Yo soy Iosef", lo que implicaba: "Mis sueños, que ustedes creyeron que eran delirios de grandeza, se cumplieron. Dios me convirtió en rey y los envió para que se postren ante mí". Sin embargo, Iosef no dijo esas palabras en ningún momento.

Fue suficiente con declarar: "Yo soy Iosef". Eso permitió a los hermanos deducir el resto. Sin embargo, la pregunta: "¿Mi padre aún vive?" (Mi padre y no nuestro padre) fue directo al eje del problema, porque sugiere que no se comportaron como debe hacerlo un hijo, de lo contrario no hubieran vendido a su hermano ni convencido a su padre anciano de que estaba muerto. Sin embargo, Iosef no se presentó con esas palabras sino con su conciso: "¿Mi padre aún vive?", dando lugar para que los hermanos juzgaran por sí mismos.

De esto aprendemos que la crítica es más efectiva cuando se la utiliza como un espejo y que nunca tiene efecto con bromas dolorosas, gritos, comentarios cínicos o apodos. Esas tácticas sólo traen problemas secundarios que provocan más resentimiento y distancia.

Cuando Iosef abrazó a su hermano Biniamín, cayó sobre su cuello y lloró intensamente. Biniamín hizo lo mismo.2 La Guemará explica que Iosef lloró por los Templos Sagrados que serían destruidos en la tierra designada a Biniamín y que Biniamín lloró por el Tabernáculo, que sería destruido en la porción designada a Iosef. Podemos preguntarnos por qué eligieron ese momento particular para llorar por los Templos y por el Tabernáculo. El mensaje que transmite la Torá es que, trágicamente, ellos vieron que el mismo resentimiento que llevó a la fragmentación de la Casa de Iaakov continuaría dividiendo a nuestro pueblo y llevaría a la destrucción de los Templos. Iosef y Biniamín lloraron uno por el dolor del otro, enseñándonos que el único remedio para esta plaga del odio es aprender a sentir empatía los unos por los otros, sentir el dolor de los demás y acercarnos a ellos con jésed, dando un ejemplo de bondad y amor.

NUNCA TE DES POR VENCIDO

En esta parashá descubrimos algunas formas en las que el nombre "judío" nos define como pueblo. Cuando los hijos de Iaakov fueron confrontados por las acusaciones irracionales del virrey de Egipto (Iosef), y entendieron que la vida de su hermano menor, Biniamín, estaba en riesgo, Iehudá (cuyo nombre connota "judío", porque un judío es llamado iehudí) se levantó como un león para pelear por su hermano. Por más desesperada que pareciera la situación, Iehudá, un hombre de fe absoluta, no se dio por vencido. Tampoco nosotros, sus descendientes, nunca nos dimos por vencido.

Iehudá enfrentaba muchos obstáculos. El virrey egipcio (Iosef) simulaba no hablar ni entender hebreo. Un traductor actuó como intermediario, y la evidencia complicaba la situación de Biniamín. Sin embargo, Iehudá habló en hebreo desde lo más profundo de su corazón, acudiendo a la sensibilidad judía. Podemos preguntarnos por qué Iehudá esperó lograr algo hablando en hebreo y mencionando valores judaicos a ese supuesto egipcio, que en verdad era Iosef.

Hay una maravillosa historia sobre un gran sabio, el Jafetz Jaim, que lo explica todo. El gobierno polaco había emitido un decreto prohibiendo la educación judía independiente, lo que ponía en peligro la continuidad de la vida de Torá. El Jafetz Jaim pidió una entrevista con el presidente polaco. Así como Iehudá habló en hebreo, el Jafetz Jaim habló en ídish y un senador judío se paró a su lado para traducirlo. Aunque el presidente de Polonia no entendía ídish, el sincero pedido del Jafetz Jaim le llegó tan profundo que lo interrumpió y le dijo: "Si bien no hablo ídish, entiendo las palabras de este hombre sagrado. Él habla desde su corazón y un corazón entiende a otro corazón. El decreto está derogado".

Este es el legado de Iehudá: si hablamos en nombre de Dios, si sustentamos nuestra Torá y estamos dispuestos a arriesgar nuestra vida por el bien de nuestros hermanos, no habrá ninguna barrera que no podamos superar.

El pueblo judío sobrevivió a través de los siglos con la Torá como nuestra guía. Nuestra emuná (fe) nos sostuvo. Nunca perdimos la esperanza. Cuando nos sentimos superados por las dificultades de la vida, debemos recordar que somos judíos, descendientes de la familia de Iehudá. Si nos conectamos con nuestra Torá, con nuestra fe, Dios seguramente vendrá a auxiliarnos. Recordemos que el nombre Iehudá también significa "agradecer y alabar a Dios".3 Quizás esa sea la definición más precisa del pueblo judío: en tiempos de alegría, así como en tiempos de adversidad, le agradecemos a nuestro Creador. Nunca nos damos por vencidos, porque sabemos que Dios siempre nos protegerá.


NOTAS

1. Génesis 45:3.
2. Ibíd. 45:14.
3. Ibíd. 29:35.