Y estas son las leyes que pondrás delante de ellos” (Éxodo 21:1).

La porción de la Torá de esta semana comienza con las palabras Veele hamishpatim – y estas son las leyes…. A primera vista, parece gramaticalmente incorrecto comenzar un capítulo con la conjunción "y", pero en la Torá nada es casual. Cada letra, cada sílaba, cada signo de puntuación viene a enseñarnos una lección. La conjunción "y" nos recuerda que esta parashá está conectada a la que la precede, en la que tuvo lugar la Revelación (la entrega de la Torá). Esto nos enseña que así como las leyes de la parashá anterior fueron dadas en el Sinaí, también los mandamientos relacionados a las leyes civiles que encontramos en la parashat Mishpatim, fueron proclamados en el Sinaí. ¿Acaso no lo hubiéramos entendido por nuestra propia cuenta? ¿Realmente necesitamos la conjunción "y" para recordarnos que toda la Torá emana del Sinaí? Lamentablemente, sí.

La mayoría tendemos a racionalizar las regulaciones que tratan sobre nuestras relaciones interpersonales. Argumentamos que es nuestra vida, y por lo tanto tenemos derecho a determinar qué es apropiado y qué no. Sin embargo, la Torá nos recuerda que sólo Quien nos creó puede tomar esas decisiones. Sólo Él puede decidir qué es honesto y qué es deshonesto, qué es amable y qué es cruel, qué es moral y qué es inmoral. Precisamente por eso, la Torá nos recuerda que también las leyes que legislan nuestras relaciones personales emanan del Sinaí, al igual que los rituales y las ceremonias enunciados en la Parashat Itró, que gobiernan nuestra relación con Dios.

Este mensaje le habla a nuestra generación, porque tendemos a interpretar las leyes para satisfacer nuestras propias necesidades y preferencias. La moral, el honor a los padres, la habladuría, infligir dolor y lastimar, robar, todo puede manipularse para satisfacer nuestros propios deseos. Sin importar lo egoísta que sea nuestro comportamiento, podemos encontrar un justificativo para nuestros actos o para no actuar. Nos enorgullecemos de ser buenas personas que se comportan de forma aceptable, y olvidamos que la Torá no ordena específicamente ser "buenos". La palabra "bueno" es demasiado ambigua: cada cultura, cada sociedad, incluso la más básica, tiene su propia interpretación de lo que es bueno. Además, la definición de lo que es "bueno" cambia constantemente. Lo que ayer se consideraba bueno hoy puede ya no serlo y a la inversa. Lamentablemente también lo que en el pasado era considerado malvado e inmoral hoy puede considerarse bueno y moral.

Sin embargo, la bondad que fundamenta nuestra forma de vida, la que fue legislada en Sinaí, está enraizada en la eternidad. Viene de Dios Mismo, Quien nos creó. Por eso nuestra Torá define lo que es "bueno" y nos dice cómo debemos interactuar tanto a nivel personal e íntimo como general. Nada queda al azar. La vida es demasiado valiosa, no nos podemos dar el lujo de vivir equivocadamente. Todo emana del Sinaí y nos muestra cómo vivir una vida buena.

LA ÉTICA Y LA CONFIANZA EN DIOS

Hay otra dimensión más en esta conexión entre el Sinaí y nuestras leyes civiles. Los Diez Mandamientos comienzan con las palabras: Yo Soy Hashem, tu Dios. Al colocar las leyes de ética comercial después de los Diez Mandamientos, la Torá nos enseña que quien no es ético en los negocios no confía en Dios, porque si creyera en la Providencia Divina entendería que en definitiva Dios es Quien provee, Él es Quien determina nuestros ingresos y, por lo tanto, es inútil estafar, robar o rendirse a la codicia. No podemos ser más listos que Dios.

Esta conexión nos recuerda una vez más que debemos apegarnos a nuestras leyes de ética y moral, no necesariamente porque las aceptemos intelectualmente, sino porque fueron legisladas por Dios y guían nuestro comportamiento tanto en el lugar de trabajo como en la sinagoga. Esta es una lección que no debemos olvidar: "El comienzo de la sabiduría es el temor a Hashem".1 Si carecemos de ese temor y de esa conciencia, toda nuestra sabiduría, todas nuestras acciones morales y éticas, pueden ser tergiversadas, corrompidas y racionalizadas para justificar el mal más espantoso. Piensa tan solo en el mal que nos plagó y continúa afectando a nuestros "civilizados" e "iluminados" siglos XX y XXI.

La Torá nos ordena emular a Dios y vivir de acuerdo con Sus mandamientos. Así como Él es compasivo, nosotros debemos esforzarnos por ser compasivos. Así como Él perdona, nosotros debemos esforzarnos para perdonar. Nuestra ética y moral emanan de Hashem y, por lo tanto, son inmutables y no negociables. Qué gran bendición es poseer leyes que garantizan la integridad de la interacción humana… y qué pena sería no tener consciencia de este regalo.

Esta enseñanza es reforzada en toda la Torá. Por ello los Diez Mandamientos están esculpidos sobre dos tablas: una para los mandamientos que establecen la relación entre el hombre y Dios, y otra para los que establecen la relación entre el hombre y su prójimo. Las dos tablas nos recuerdan que ambas relaciones son igualmente sagradas. También por esta razón durante la Revelación Dios pronunció los Diez Mandamientos simultáneamente, para que quede claro que ningún mandamiento tiene precedencia sobre otro. Además, una sección especial de la Mishná se titula Ética de nuestros padres. Esa sección trata sobre las relaciones humanas pero significativamente comienza con las palabras: "Moshé recibió la Torá de Sinaí",2 lo que nos recuerda que todos nuestros mandamientos éticos y morales tienen origen Divino. En un mundo en el que los valores, la ética y la moral parecen haber perdido su significado, es sumamente poderoso saber que nuestra Torá se basa en verdades eternas.

Incluso en el nivel más elemental, el hombre del siglo XXI debe aceptar “No matarás”. Desde Hitler a Arafat, desde Bin Laden hasta Ahmadinejad, es obvio con cuánta desesperación el hombre necesita que Dios regule su comportamiento.


NOTAS

1. Salmos 111:10; Proverbios 9:10.
2. Ética de los padres 1:1.