En la parashat Vaetjanán encontramos muchos de los pilares de nuestra fe: los Diez Mandamientos, el Shemá, el arte de la plegaria, la profecía y las enseñanzas que garantizan la supervivencia judía. Con sólo repasar esta sección, podemos llegar a entender en gran medida la esencia del judaísmo. En los primeros versículos de la parashá, Moshé Rabeinu le reza a Dios,1 pero la expresión que usa es inusual. Vaetjanán deriva de la palabra jen, que significa hallar gracia, o de jinam, gratis, lo que implica que incluso si no lo merecemos, le pedimos a Dios hallar gracia ante Sus ojos, que acepte nuestras plegarias y nos dé lo que le pedimos como un regalo.

No se entiende por qué Moshé Rabeinu, el hombre más grandioso de la historia, tuvo que recurrir a esa clase de plegaria. Si había una persona con méritos, sin dudas era él. Moshé nunca rezó por sí mismo. Todas sus súplicas fueron por el pueblo judío. Ahora, por primera vez, pide algo para sí mismo y le suplica a Dios que le otorgue el privilegio de ver la Tierra Prometida. Sin dudas, Moshé podía haber sentido que merecía que Dios aceptara su plegaria.

Pero las personas realmente justas entienden que, ante Dios, no existe el concepto de "me lo merezco". Cuando hacemos una mitzvá, cuando vivimos con rectitud, nosotros somos los que tenemos que agradecerle a Dios por darnos esa oportunidad, ese privilegio. Al cumplir los mandamientos no le hacemos un favor a Dios, sino que somos nosotros quienes se enriquecen y se elevan. Por lo tanto, cuando le suplicamos a Dios, no tenemos puntos a nuestro favor para exigir algo, sino que dependemos completamente de Su misericordia infinita. De hecho, como dijimos antes, pedimos hallar gracia ante Sus ojos y que nos otorgue un "regalo".

Este mensaje es especialmente importante para nuestra generación. Muchos sentimos que "nos merecemos" recibir lo que queremos, que tenemos derecho a lo que pedimos. Nuestra tonta arrogancia nos lleva a creer que Dios "nos debe algo", y no comprendemos que nosotros le debemos todo a Él. Si no fuera por Su constante misericordia, en una fracción de segundo perderíamos la capacidad de funcionar… perderíamos incluso la vida. Por ello comenzamos cada mañana con estas simples pero majestuosas palabras: "Modé aní - te agradezco por devolverme mi alma", y expresamos gratitud en cada momento que estamos despiertos. Cuando le agradecemos a Dios por la comida, por el agua, por nuestras funciones corporales, por las maravillas de la naturaleza, por lo bueno, e incluso por lo que parece ser malo, no damos nada por sentado.

Indudablemente, no es fácil enfocarse en la plegaria. Esta es una de las mitzvot más difíciles de cumplir. Es muy fácil distraerse, perder la concentración. Por eso, en las generaciones previas, las personas más pías meditaban durante una hora antes del rezo, para poder dirigir sus palabras a Dios de la manera adecuada. Obviamente nosotros no estamos en ese nivel; pero, al igual que ellos, deberíamos esforzarnos para rezar con mayor concentración y devoción.

Nuestra generación tiene poca paciencia y muchas expectativas. Si sentimos que nuestras plegarias no fueron respondidas, rápidamente bajamos los brazos y nos sentimos frustrados e indignados. Pero la plegaria es nuestra única solución. No olvidemos nunca que cuando los problemas nos abruman, sólo Dios nos puede ayudar.

Nuestros Sabios enseñan que desde la destrucción del Templo Sagrado, todas las puertas del cielo están cerradas, excepto la puerta de las lágrimas. Esto significa que las plegarias genuinas y sinceras pueden provocar milagros. Nunca nos demos por vencidos. Sigamos el ejemplo de Moshé.

¿ACASO DIOS RESPONDE A TODAS NUESTRAS PLEGARIAS?

La respuesta a esta pregunta es un enfático "¡Sí!". Como está escrito: "Dios está cerca de todos los que Lo llaman, de todos los que Lo llaman con sinceridad".2

Entonces, ¿por qué Dios no le concedió a Moshé su pedido de poder ver la Tierra Prometida? Con una lectura más atenta del texto, descubriremos que Dios cumplió el deseo de Moshé. Dios le dijo a Moshé: "Alé rosh hapisgá - asciende a la punta de la cima y eleva tus ojos hacia el mar, hacia el norte, hacia el sur y hacia el este, y ve con tus propios ojos".3 Dios le concedió a Moshé lo que había pedido. Moshé no sólo pudo ver toda la Tierra Prometida, sino que también vio pasar ante sus ojos toda la historia judía.

Sí, Dios responde a toda plegaria sincera, pero Él elige de qué manera responde, porque sólo Él sabe qué es lo que nos va a beneficiar. Tenemos que rezar siempre y dejar que Dios nos conduzca por el camino correcto.

Nuestro zeide solía decirles a las personas solteras que buscaban a su alma gemela: "Got zol firren oif guitins – en vez de pedir por una persona específica, pídele a Dios que te guíe a la persona correcta". Deposita tu confianza en Hashem, porque sólo Él sabe lo que es bueno y correcto para ti.

LA PERSEVERANCIA EN EL REZO

La expresión vaetjanán ("e imploró", en guematria (numerología) suma 515. Esto nos enseña que Moshé rezó de 515 formas diferentes y nunca perdió la fe… Por lo tanto, con certeza debemos aferrarnos tenazmente a Dios con nuestras plegarias. Esta enseñanza es reforzada por el Rey David en el Salmo 27, cuando nos aconseja: "Kavé el Hashem - deposita tu esperanza en Hashem, fortalece tu corazón y deposita tu confianza en Hashem",4 implicando que debemos continuar rezando, porque en la plegaria encontramos nuestra salvación. En el núsaj sefarad, recitamos esta frase cuando llegamos al final de las plegarias matutinas. Podríamos haber pensado que sería más apropiado hacerlo al comienzo del servicio. Nuestro zeide, Harav Hagaón Abraham Halevi Jungreis, zt"l, explicó que precisamente al concluir nuestras plegarias, cuando nos sentimos desalentados y nos preguntamos si Dios nos responderá, es cuando debemos fortalecernos y proclamar nuestra decisión de continuar rezando.

NO SE TOCA

Moshé Rabeinu nos advierte que no debemos agregar ni substraer nada de los mandamientos: "…cuídense de cumplirlos [a los decretos y ordenanzas de Dios]".5 Este es un gran desafío, porque la naturaleza humana es querer escribir nuestro propio guion y ser los autores de nuestra propia forma de adoración. Pero si lo hacemos, no estaremos cumpliendo los mandamientos de Dios, sino satisfaciendo nuestros propios caprichos y deseos. Para entender la audacia que implica alterar los mandamientos, piensa en una persona que, al ver una obra de arte, como un Rembrandt o un Van Gogh, decide que la pintura necesita "un poco más de naranja o un poco menos de azul". Ese cuadro es la creación de un ser humano, sin embargo nadie se atrevería a tocarla. Pero hay quienes no titubean en reescribir las leyes de Dios.

EL PACTO

Moshé Rabeinu nos recuerda la eternidad de nuestro pacto y nos exhorta a tener en mente que: "No [sólo] con nuestros padres Dios hizo este pacto, sino [también] con nosotros, los que estamos hoy aquí, todos vivos" (6).

Esta enseñanza es fundamental para nuestra fe. Es una lección que debemos grabar en nuestro corazón. Cada persona, en todo momento, debe sentir que ella estuvo en el Monte Sinaí y que Dios selló Su pacto con ella. Con este espíritu de aceptar la responsabilidad personal, les transmitimos la Torá a nuestros hijos. El estudio de Torá no es el estudio de documentos antiguos; no se trata de "historias de la Biblia". Es la palabra viva de Dios que escuchamos en el Monte Sinaí y que continúa resonando en nuestras neshamot para toda la eternidad.

El Rambán se explaya sobre este concepto y enseña que, además de cumplir la Torá y las mitzvot, tenemos la obligación de recordar constantemente maamad Har Sinaí, la Revelación en el Sinaí, todo lo que vimos allí, y transmitirlo a nuestros hijos.

Sí, el pacto se selló con cada judío, incluso con quienes estamos vivos hoy en día. No nos atrevamos a olvidarlo.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Los Diez Mandamientos fueron dirigidos a toda la nación, pero están escritos en forma singular para enseñarnos que Dios es nuestro Dios personal, que Él ve y se interesa por cada individuo. Él escucha nuestro llanto y siente nuestro dolor. Él es nuestro Padre que nos ama. Esta enseñanza es reforzada por el primer mandamiento, en el que Dios se presenta como Quien nos sacó de la tierra de Egipto, en vez de declarar que es Quien creó los cielos y la tierra. Nuestro Dios no es una deidad distante, sino el Dios que está con nosotros en nuestro sufrimiento, que incluso nos sacó de la tierra de Egipto. En cada generación, Él continúa sacándonos de nuestros "Egiptos" personales, sin importar cuán desesperanzada parezca ser nuestra situación.

EL SHEMÁ

Hay dos letras del Shemá se escriben con una fuente más grande: la áin de la palabra ShemÁ, y la dáled de la palabra ejaD.7 Si unimos estas dos letras, ellas forman la palabra ed, testigo. Cuando decimos el Shemá, damos testimonio de la presencia de Hashem. De hecho, esa es la obligación de cada judío: ser un testigo de Hashem. Como está escrito: "Atem edai - ustedes son Mis testigos".8

El Shemá continúa con las conocidas palabras: "Amarás al Eterno, tu Dios, con todo tu corazón". Nuestros Sabios preguntan cómo es posible que la Torá nos obligue a amar. ¿Acaso el amor no es una emoción? Pero la Torá nunca pide nada sin enseñarnos cómo lograr ese objetivo. Así como se nos ordena a amar, de inmediato se nos dice que meditemos, estudiemos, cumplamos la palabra de Dios y realicemos mitzvot. Todas estas actividades generan amor y, de hecho, mientras más nos enfocamos en la Torá, cuanto más nos sumergimos en sus profundidades, más grande se vuelve nuestro amor por Hashem.


NOTAS

1. Deuteronomio 3:23.
2. Salmos 145:18.
3. Deuteronomio 3:27.
4. Salmos 27:14.
5. Deuteronomio 5:1.
6. Ibíd. 5:3.
7. Ibíd. 6:4.
8. Isaías 43:10.