Con la parashat Bamidbar comenzamos el cuarto de los Cinco Libros de Moshé. Este libro también se conoce como Séfer Hapekudim, el libro de los Números, porque Dios ordenó hacer un censo del pueblo judío. Podemos preguntarnos cuál era el objetivo de ese censo, especialmente sabiendo que la nación judía ya había sido contada en Shemot y, con certeza, Dios sabía cuántos miembros tenía el pueblo sin necesidad de un censo físico.

La expresión hebrea para censo, su et rosh, literalmente significa "elevar la cabeza". Mediante este conteo, Dios nos recuerda qué importantes somos para él; cada uno es parte de Su plan maestro y, en consecuencia, todos contamos, todos somos importantes. Cada uno tiene un objetivo especial que sólo él puede cumplir. Saber eso le da sentido a nuestra vida, porque nos da un tajlit (un objetivo Divino), una razón para elevar nuestra cabeza y enfrentar con fortaleza y dignidad los desafíos de la vida.

DESCUBRE TU MISIÓN

Al comienzo de la parashá, la Torá menciona que a partir del segundo año después del éxodo de Egipto, cada vez que el pueblo judío viajó estuvo organizado en una formación específica. Las 12 tribus se dividían en cuatro grupos de tres, y cada tribu ocupaba una ubicación particular (norte, sur, este u oeste) y llevaba su propia bandera que identificaba al grupo. Podemos preguntarnos por qué las tribus no viajaron en esta formación al salir de Egipto.

Una bandera simboliza la nacionalidad. Si cada tribu hubiera tenido su propia bandera desde el momento en que el pueblo salió de Egipto, eso hubiese podido dividir a la nación. Por eso cada tribu recibió su bandera sólo después de la construcción del Tabernáculo, que estaba en el centro del campamento. El Tabernáculo, el símbolo de nuestro amor y compromiso a Hashem y a Su Torá, nos unificaba como una nación.

Una vez que estuvimos unificados en nuestro servicio a Dios, nuestras banderas individuales ya no podían ser una fuente de conflicto, sino que nos fortalecían y nos unían como una nación. Esto no sólo se aplica a nuestro pasado sino también a cada generación. En las familias donde los padres son ejemplos fuertes y afectuosos, la rivalidad entre los hermanos se neutraliza, porque los hijos están unidos en su compromiso hacia su madre y su padre. Asimismo, los judíos que realmente aman a Dios y a Su pueblo subyugan sus predilecciones individuales por el bien mayor de Dios y Su nación. Por lo tanto, aunque cada una de las 12 tribus tenía una misión única, por el bien de Hashem estaban todas unificadas alrededor del Tabernáculo, llevaban sus banderas y cumplían su misión singular como una nación. En nuestro mundo contemporáneo, donde hay tantos hogares en crisis y nuestro pueblo está tan fragmentado, sería bueno recordar esta lección.

TÚ ERES ESPECIAL

Dios nos creó a todos con ojos, nariz, orejas, etc. Sin embargo, no existen dos personas exactamente iguales. Tampoco existen dos almas que sean exactamente iguales. Cada individuo está hecho a medida por Dios y tiene un objetivo que sólo él o ella puede cumplir. Por eso cada uno debe llevar su propia bandera, conocer su propia identidad y así cumplir su tarea. El Rey David alaba a Dios, Quien cuenta los billones de estrellas y llama a cada una por su nombre.1 Nuestros nombres no son meramente nombres, sino que nos definen, nos dan una idea de nuestro pasado, nos dotan con un objetivo e imparten un legado.

Pensemos por un momento: si Dios tiene consciencia de cada una de las estrellas y llama a cada una por su nombre, sin dudas también tiene consciencia de cada uno de nosotros y llama a cada uno por su nombre. Él escucha y conoce los pensamientos de nuestro corazón. Él entiende nuestras esperanzas y aspiraciones, por lo que nunca debemos desesperar, porque Dios, nuestro Padre Celestial, guía nuestras vidas, convocándonos a diario para que cumplamos nuestra misión. Sólo necesitamos estudiar Su sagrada Torá y entonces oiremos Su voz y descubriremos nuestra bandera y nuestra propia identidad.

LA CUENTA: UNA EXPRESIÓN DE AMOR

Veamos otras ideas relativas a la cuenta. Como explicamos, su et rosh significa literalmente levanta la cabeza. Cuando algo nos resulta valioso, lo contamos. El hecho de que Hashem desee que seamos contados da testimonio del amor que tiene por nosotros. Saber esto nos da fuerzas. La primera vez que Hashem mencionó el número de miembros del pueblo judío fue cuando salimos de Egipto.2 Esa fue una experiencia asombrosa e inspiradora, porque demostró nuestro milagroso crecimiento. De las 70 personas que habían llegado a Egipto pasamos a ser varios millones, un crecimiento fenomenal que sólo podía explicarse mediante la intervención milagrosa y el amor de Dios.

Volvimos a ser contados después del pecado del Becerro de Oro, cuando nos sentimos desalentados y despreciables ante el recuerdo de ese acto pérfido. "Cuéntalos, eleva sus cabezas" le ordenó Hashem a Moshé y, esta vez, fuimos contados a través del medio shékel que se nos ordenó contribuir para el Tabernáculo.3 Saber que Dios no nos rechazó, que aún contábamos, que aún teníamos una parte en la creación del Tabernáculo, nos dio un gran sentido en la vida. Nuestro medio shékel sirvió para recordarnos que todos somos parte del gran rompecabezas del plan de Dios.

En nuestra parashá, la cuenta tuvo lugar después de completar el Tabernáculo. La cuenta se realizó de acuerdo a nuestras familias, nuestras tribus, y nuestros nombres. Hay muchas formas de entender esto. Una explicación es que una persona puede pensar que dado que el Tabernáculo ya se completó, las contribuciones individuales del medio shékel ya no son tan críticas. Puede pensar que el servicio seguirá adelante, más allá de que haya o no nuevas contribuciones. Sin embargo, la Torá nos recuerda que nuestra tarea nunca termina: el Tabernáculo y el pueblo judío sólo son tan fuertes como lo sean sus familias, sus tribus y nosotros mismos. Nunca debemos olvidarlo.

Por último, hubo otra cuenta de cabezas con el medio shékel. De esto aprendemos que si bien es importante que cada uno reconozca sus propias fortalezas e ideales, siempre debemos tener en cuenta que Dios nos dio esos regalos para que mejoremos nuestra familia, nuestra tribu, nuestra comunidad y cumplamos nuestra misión única en la tierra, inherente a nuestro nombre. Sin embargo, como está prohibido contar directamente al pueblo judío, fueron contados a través del medio shékel.

LAS HERRAMIENTAS ESENCIALES PARA EL ESTUDIO DE TORÁ

La Parashat Bamidbar siempre se lee antes de la festividad de Shavuot, que conmemora el día en que Dios nos dio la Torá. Eso, en sí mismo, es instructivo. Midbar puede traducirse como desierto; la palabra bamidbar significa en el desierto, enseñándonos que debemos convertirnos a nosotros mismos en un desierto. Así como un desierto es árido y carece de todo, también nosotros debemos despojarnos de todas las ideas previas y permitir que la Torá nos vuelva a moldear. Tal como un desierto no tiene diversiones, tampoco nosotros podemos permitir que nada ni nadie nos distraiga de nuestro estudio de la Torá. Así como en el desierto de Sinaí todo fue gratis, debemos hacer que nuestro estudio de Torá esté a disposición de todos.

El telón de fondo de la entrega de la Torá es igualmente importante. La Torá fue entregada en el Monte Sinaí, una montaña baja. Aunque la lógica indica que hubiera sido más impresionante que Dios proclamara Sus palabras desde una montaña alta y majestuosa, Él eligió revelarse en el monte Sinaí, para enseñarnos que un requisito previo para el estudio de Torá es la humildad. En el Sinaí el pueblo vio llamas y nubes que goteaban agua. Las llamas simbolizan una gran pasión, y las nubes que gotean agua simbolizan la claridad. Los versículos nos enseñan que si deseamos que la Torá entre a nuestro corazón, debemos estudiarla y transmitirla con gran pasión, debemos encarar nuestro estudio con disciplina y continuar estudiando hasta que tengamos una claridad absoluta. Todo esto es un recordatorio respecto a que el estudio de la Torá no puede tomarse a la ligera. Es nuestra vida y la longitud de nuestros días, y debemos darle la seriedad y el respeto que se merece.


NOTAS

1. Salmos 147:4.
2. Éxodo 12:37.
3. Ibíd. 30:12-15.