La parashá dice: "Estas son las generaciones de Nóaj. Nóaj era un hombre, recto y puro en su generación” (1). La palabra hebrea para hombre es ish, y su equivalente en ídish es mentsch. La Torá nos enseña que antes que nada uno debe intentar ser un mentsch. La palabra mensch connota integridad, respeto, bondad… Objetivos hacia los cuales todos debemos aspirar. Tradicionalmente, la primera pregunta que los padres judíos formulan sobre un esposo potencial para su hija es: ¿es un mentsch? ¿Tiene buenas cualidades personales?

¿Nos vemos a nosotros mismos tal como nos ve Dios?

Un famoso Midrash basado en la parashá de esta semana, pregunta: "Dios podría haber salvado a Nóaj de muchas formas. ¿Por qué hizo que tuviera que pasar por la difícil y ardua tarea de construir un arca que llevó 120 años en terminarse?"

El Midrash responde que Hashem, con Su infinita misericordia, no quería traer el Diluvio a la tierra. Dios deseaba preservar la vida, no destruirla. Así como un padre anhela el retorno de sus hijos que se han alejado, así también Dios esperaba que Sus hijos e hijas errantes escucharan Su llamado, abandonaran sus caminos malvados y retornaran a Él. Si veían a Nóaj ocupado día y noche en la construcción del Arca, la gente le preguntaría qué estaba haciendo. Entonces Nóaj les informaría sobre el inminente Diluvio y les diría que podían cancelar el duro decreto si se arrepentían y corregían sus caminos. Todo dependía de ellos.

Pero este Midrash genera otra pregunta: ¿Por qué Nóaj no podía hablarle directamente a la gente? ¿Por qué necesitaba el arca para abrir la conversación? ¿Por qué no podía inspirarlos a enmendar sus caminos? La respuesta a esta pregunta podemos encontrarla al comienzo de esta parashá: "Pero la tierra se había corrompido delante de Dios". (2) De aquí aprendemos que sólo ante los ojos de Dios la tierra era corrupta; la humanidad no veía nada malo en su estilo de vida. ¿Cómo es posible que una persona sea tan ciega a sus propios defectos y corrupción?

La generación del Diluvio estaba obsesionada con el hedonismo y la búsqueda de placer. En ese clima, las leyes de Dios, que exigen disciplina, quedan eclipsadas. En una sociedad que carece de los parámetros de la Torá, incluso los actos más depravados se vuelven aceptables. Por lo tanto, Nóaj no tenía con quién hablar. Nadie estaba dispuesto a escuchar, porque se consideraban a sí mismos "personas rectas", y nunca se les ocurrió preguntarse qué opinaba Dios de ellos.

Rav Israel Salanter, el fundador del movimiento de musar, explica el proceso que lleva a esta ceguera moral. La primera vez que se hace algo malo, uno se siente culpable. Pero si ese acto se repite a menudo, la conciencia ya no nos molesta y, eventualmente, llegaremos a considerarnos un ejemplo de virtud. De esta forma la inmoralidad, la decadencia y la degeneración se convierten en la forma de vida aceptada y ya no se consideran pecaminosas.

Esta lección tiene una importancia especial para nuestra generación, ya que nuestra sociedad también es hedonista y no reconoce los límites ni la disciplina. Consideramos que la gratificación personal es un objetivo en sí mismo, y nos engañamos permitiéndonos creer que todo lo que Dios nos pide es que estemos felices con nosotros mismos. Nunca nos formulamos la importantísima pregunta: "¿Cómo nos ve Dios?"

¿Cómo podemos superar esta ceguera espiritual?

El remedio más efectivo es el estudio constante de la Torá. Cuando estudiamos la palabra de Dios escuchamos Su voz y llegamos a comprender cuánto nos desviamos de Su camino. Entonces podemos dar los pasos necesarios para acercarnos a Él.

Un arca de rehabilitación

Todavía puedes preguntar por qué Nóaj tuvo que entrar al Arca. ¿Acaso Dios no podía salvarlo de otra forma?

La respuesta es que Dios quería asegurarse de que cuando Nóaj y su familia emergieran del Arca y asumieran la responsabilidad de reconstruir el mundo, se hubieran fortalecidos con actos de rectitud. En el Arca tuvieron que cuidar a todos los animales que Dios les había ordenado reunir; una tarea extenuante que les consumía tanto el día como la noche. Sin embargo, a través de esa labor aprendieron el significado del jésed, de acercarse a los demás con guemilut jasadim (actos de bondad), uno de los pilares sobre los que Dios construyó Su mundo.

Bajo esta luz podemos entender el Midrash que cuenta que en una ocasión, cuando Nóaj se demoró en alimentar al león, el león lo lastimó. Nóaj lloró de dolor, y una voz Celestial declaró: "¡Si tan sólo hubieras llorado de dolor cuando estaba en juego el futuro de la humanidad!".

La paciencia infinita de Dios – Su mano en nuestra vida diaria

Nóaj trabajó en la construcción del Arca durante 120 años. Podemos preguntamos por qué le llevó tanto tiempo completar la orden de Dios. Sin duda hubiera podido terminarla en mucho menos tiempo, sobre todo porque Dios le dio instrucciones específicas sobre los materiales a usar y le dijo las dimensiones exactas del Arca.

Una vez más, vemos la compasión y la paciencia infinita de Dios. Aunque Él ve el futuro, de todas formas espera que nos arrepintamos y nos da tiempo (incluso 120 años) para que corrijamos nuestro camino. Trágicamente, la generación del Diluvio malinterpretó Su amor como Su ausencia, pero la lección del Arca continúa teniendo vigencia hoy en día y nos exige que veamos Su mano en nuestra vida cotidiana, incluso si no siempre es obvia.

Otra lección que podemos aprender es la paciencia. Tal como Dios fue paciente con esa generación, también nosotros debemos intentar ser pacientes con los miembros de nuestra familia y con el resto de las personas.

El Arca – El Tabernáculo – El hogar judío

En la Torá, Dios ordenó la construcción de dos edificios: el Arca de Nóaj y, siglos después, cuando nuestros antepasados salieron de Egipto, el Mishkán (el Tabernáculo).

Si bien esas dos estructuras fueron construidas con mucha diferencia de tiempo, por razones diferentes y bajo distintas circunstancias, ambas tienen un denominador común: las dos sirven como ejemplos del ideal del hogar judío.

El Arca representa la seguridad, la protección, un lugar seguro… algo que todo hogar debería tener. Por su parte, el Tabernáculo refleja un refugio espiritual, un bait neemán, un hogar que es un verdadero bastión de fe, un lugar en donde el marido, la esposa y los hijos viven en paz y armonía, donde la sagrada luz de Shabat aleja toda oscuridad, donde prevalecen la bondad y la sabiduría de Torá; un lugar donde habita la Shejiná (la presencia Divina).

Si alguna vez en la historia hubo un momento en el que fue necesario un hogar con este doble propósito, con una fusión entre lo físico y lo espiritual, es en la actualidad. Tenemos que esforzarnos por conseguirlo.

Siente el dolor de tu pueblo

Dios le dice a Nóaj que construya el Arca para salvar a su familia y a las diferentes especies animales. Luego Dios da un mandamiento un poco sorprendente: le dice a Nóaj que haga un tzóhar para el Arca. (3) No queda claro en qué consistió realmente esa luz. Nuestros Sabios explican que tzóhar puede implicar "una ventana" o "una joya brillante que emana luz". Pero estas definiciones son problemáticas. ¿Para qué Dios necesitaba poner una ventana en el Arca? Al fin de cuentas, ¿cuánta luz podía entrar cuando afuera hubo una feroz tormenta durante cuarenta días y cuarenta noches? ¿Y qué significa "una joya preciosa"? ¿Acaso una piedra preciosa puede iluminar toda el Arca?

Dios deseaba grabar en Nóaj su responsabilidad por la humanidad, porque si bien Nóaj y su familia se salvaron, él tenía la obligación de crear ventanas a través de las cuales pudiera ver a los demás y ser sensible a su dolor y sufrimiento. Si lo hacía, emergería de esa dolorosa tragedia siendo más amable, más sabio y más bondadoso. De esta forma, sus ventanas se convertirían en joyas que iluminarían su alma y le permitirían entender mejor su obligación hacia sus semejantes.

Durante los 120 años en los que Nóaj construyó el Arca, no llegó a entender ese mensaje. En contraste con los actos de Abraham, quien le rogó a Dios que salvara a los malvados habitantes de Sodoma y Gomorra, y de Moshé, que después de que hicieran el Becerro de Oro estuvo dispuesto a entregar su vida para salvar a su pueblo, Nóaj permaneció callado y simplemente se limitó a construir el Arca. Como resultado de esta falta de compasión, Nóaj no se cuenta como uno de nuestros Patriarcas o Sabios.

En la actualidad, esta lección tiene vigencia. Tenemos la responsabilidad de mirar por la ventana, sentir empatía con nuestros hermanos y hacer todo lo que podamos para aliviar su sufrimiento. Cada desafío de la vida, cada dificultad, se vuelve más tolerable si sabes que puedes compartirlo con alguien que siente tu dolor.

Por lo tanto, cuando oímos que alguien pasa dificultades o cuando quienes nos rodean sufren, debemos recordar las lecciones de la parashá: abramos una ventana y creemos joyas.


NOTAS

1. Génesis 6:9.
2. Ibíd. 6:11.
3. Ibíd. 6:16.