En el desierto, Dios dio las instrucciones de cómo construir el primer santuario. Debía ser un tabernáculo portátil. Dios quería que todo el pueblo judío fuera parte del proceso haciendo donaciones para ayudar a su construcción. Dios le dijo a Moisés que los donantes debían ser:

“...todo aquel que su corazón lo motive...” (Éxodo 25:2)

Una Lección de Vida

Dios quería personas motivadas por su “corazón”. Pero, ¿por qué debían estar motivadas por su corazón y no por su cerebro? La respuesta puede hallarse en el “mecanismo” interno que motiva a una persona a hacer algo - especialmente cuando se trata de actos de bondad hacia los demás.

Cuando alguien quiere dar, lo primero que ocurre es que su corazón toma conciencia de algo y se inspira para dar. Pero justo cuando estamos a punto de tomar cualquier tipo de acción, escuchamos una pequeña voz que intenta controlar nuestro comportamiento. ¡Es el cerebro!

Mientras que el corazón es emocional y sólo quiere dar, nuestro cerebro por otra parte, opera estrictamente en base a la lógica. Y cada vez que el corazón quiere dar, el cerebro filtra instantáneamente el pedido para ver si la idea tiene sentido desde un punto de vista lógico o no.

Y aquí es donde comienzan los problemas. El cerebro -que tiene acceso a millones de piezas de información de tus experiencias pasadas de vida- analizará el “acto de bondad sugerido” y decidirá si coincide con tus intereses desde un punto de vista lógico. El cerebro no tiene “corazón”, sólo lógica. Mientras que tu cerebro sabe que tu corazón necesita dar, él tiene que preocuparse por ti en relación a otros temas, y por lo tanto, ve las cosas sólo a través de lentes racionales. Esto crea un conflicto interno significativo, porque en un esfuerzo por protegerte, el cerebro intentará detener al corazón para que no sea un dador constante.

Por ejemplo, digamos que vas atrasado a una reunión importante y de pronto ves a una anciana que está teniendo problemas para cruzar la calle. Como nuestra reacción inicial siempre está motivada por las emociones, instantáneamente “pensarás” con tu corazón y sentirás un fuerte impulso de detenerte a ayudar a la anciana. Pero en ese instante, tu cerebro evaluará rápidamente la situación y determinará que si ayudas a la anciana llegarás demasiado tarde a tu reunión y perderás un gran negocio. En cuestión de micro-segundos, tu cerebro racionalizará aún más y llegará a la conclusión de que si no te detienes a ayudar a la anciana y llegas a tiempo a tu reunión, entonces con el dinero que obtendrás podrás ayudar a toda la sociedad mucho más en vez de sólo ayudar a aquella anciana.

En este punto, tu corazón contraataca diciendo que esta anciana realmente necesita tu ayuda, que deberías detenerte a ayudarla y que nadie se enojará si llegas un par de minutos tarde a tu reunión. Una intensa batalla de 3 segundos se desarrolla en tu interior, y si bien a veces el corazón sale victorioso, generalmente el cerebro es el vencedor, y la oportunidad de ayudar se pierde para siempre. Y a medida que continúas camino a tu reunión, tu cerebro -en un esfuerzo por anular los sentimientos de culpa- continuará elaborando más y más razones lógicas para justificar tu decisión.

Dios nos “programó” y Él sabe exactamente como tomamos nuestras decisiones. Por lo tanto, cuando Él dijo que las donaciones debían venir de las personas que se sientan motivadas por su corazón, Dios quería asegurarse de que el cerebro no bloquearía el deseo sincero de dar del corazón. Dios no quería que el cerebro los convenciera de que construir el tabernáculo era una mala idea.

Dios sabía que si el cerebro los convencía de no aportar a una de las causas más importantes de la historia, entonces claramente, el cerebro podía convencerlos de cualquier cosa. En esta instancia, Dios quería que el pueblo judío obviara la racionalidad del cerebro y escucharan a su corazón.

Y esa es la lección para todos nosotros. A veces, la mejor manera de ganar una batalla es no combatir en primer lugar.