Cuando se acerca el aniversario de la muerte de alguno de mis padres, enciendo una vela en su memoria tal como dicta la tradición judía. Dentro del recipiente de vidrio, la dorada luz brilla y oscila, siendo un recordatorio de alguien precioso que fue parte de mi vida alguna vez y que todavía lo es, pero ya no en este mundo. Mientras la llama se balancea, el alma se reconforta con su luz y calidez.

Pero, ¿cómo observar el aniversario de la muerte de alguien que nunca nació, de alguien que nunca entró completamente a este mundo? No existe ningún ritual que marque su paso; sin embargo, si hubiera vivido, mi bebé habría sido parte de nuestra familia no menos que sus otros hermanos.

Mi esposo y yo siempre hemos soñado con una gran familia. Fuimos bendecidos con cuatro niños de quienes estamos profundamente agradecidos. Cada uno de ellos es muy especial y único. A pesar de tener los mismos padres y el mismo ambiente, sus personalidades individuales nos sorprenden día a día. Y así, anhelábamos tener más hijos.

A esas alturas yo, como muchas mujeres, ya había tomado mi fertilidad por sentado. Nuestros dos primeros hijos fueron concebidos y nacieron sin ninguna dificultad. Nuestro tercer hijo nos tomó un poco más de tiempo y luego, cuando él casi cumplía tres años, llegó finalmente nuestra única hija mujer. Para ese entonces yo ya era mayor, “una vieja multípara” en terminología médica. Los años pasaron sin mayores eventos. Cada mes yo trataba de no tener muchas esperanzas, porque temía que solamente me enfrentaría a la decepción.

De todas maneras, yo hice todas las cosas necesarias – visitando un doctor tras otro, esperando interminables horas en sus salas de espera, y siendo revisada y pinchada mes a mes para las pruebas de niveles hormonales. Obedientemente, tragué todas las píldoras que me subscribieron, fui a los ultrasonidos y atravesé incómodos tratamientos. Los doctores no entendían porque estaba dispuesta a pasar por todo esto.

Descubrí a una doctora que entendió mis deseos por un bebé más.

“Estás sobre los 40, y ya tienes cuatro hijos”, me decían. “¿Por qué quieres otro bebé tan fuertemente?”. Los doctores, que diariamente veían tantas mujeres desesperadas sin hijos, no se podían relacionar con alguien como yo, alguien con infertilidad secundaria. Entonces, descubrí una doctora que entendió mis deseos por un bebé más. De hecho, ella había experimentado en carne propia el dolor de la infertilidad y había finalmente adoptado una niña. Ella admitía que por mi edad la situación era problemática y que las probabilidades de completar un embarazo exitoso eran mínimas.

“Pero”, me reafirmó, “he visto milagros suceder”.

Sus palabras fueron dulces y motivantes. Ella me prescribió un tipo nuevo de medicina. Debidamente me tomé todas las píldoras, tuve esperanza, recé y esperé cautelosamente.

Cuando me di cuenta que estaba embarazada, estaba comenzando la primavera, que era una época propicia para comenzar una nueva vida. Como la savia que sube por los árboles, la esperanza trémula comenzó a agitarse.

Era demasiado temprano aun para ropa de maternidad, demasiado pronto para comenzar a elegir un nombre, pero ambos teníamos la sensación de que éste sería un niño. A pesar de que alguna vez había deseado otra niña, una pequeña hermana para mi única niña, en este punto no me importaba el género. “Mientras sea sanito” decíamos, repitiendo las palabras de todos los padres que esperan un bebé; y realmente queríamos que así fuese.

Caminando por la calle una brillante mañana de Abril, tuve una repentina visión de este diminuto nuevo ser que recién comenzaba a crecer en mí. Vi a un bebé sonriente que se parecía a una foto de mi marido de infante. Sin embargo había algo profundamente preocupante sobre esta imagen. El bebé estaba en un jardín, pero en vez de estar sentado en el pasto, estaba suspendido a unos cuantos centímetros por sobre el. A pesar de estar muy cerca de este mundo, realmente no lo tocaba.

Y, tristemente, nunca lo hizo. Muy pronto después de esto comencé a ver manchas; me refugié en la cama con este siniestro signo, presa del pánico. Tal vez si me mantengo muy pero muy quieta... traté de convencerme que todo estaba bien todavía, pero no lo estaba. Nuestra pequeña preciosa alma se había escabullido, retornando a su fuente.

El doctor en la sala de emergencia confirmó que yo había “perdido” al bebé. Yo recuerdo haber pensado que esto era una extraña expresión, como si yo simplemente lo hubiese colocado en el lugar errado.

Nunca siquiera lo tomé en mis brazos, pero nuestro potencial niño, quien habría sido bienvenido con alegría y amor, se había ido. Nosotros no podíamos anunciar nuestra pérdida públicamente y ser confortados, pero no obstante había sido una pérdida. Nadie sabía siquiera de su existencia excepto mi esposo y yo. Teníamos que llorarlo solos, en silencio.

Mis otros hijos me necesitaban y yo estaba agradecida por ello. Era tiempo de primavera y ellos clamaban por salir a pasear en familia. Pensando en que cambiar de ambiente podía ayudar a disminuir algo de nuestro dolor, aceptamos. Sentados en el parque respiramos la cálida fragancia de los altos pinos. Brillantes flores decoraban el césped verde y exuberante. Pero me parecía que casi todas las mujeres allí estaban embarazadas o sostenían un pequeño bebé en sus brazos. Mi pérdida era imposible de ignorar. Incluso ahora, después de todo este tiempo, cuando miro las fotos que tomamos ese día recuerdo mi tristeza.

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Un año después fuimos a un maravilloso lago para otro paseo familiar primaveral. El paso del tiempo me ha ayudado a sanar. Cansada por el viaje y deslumbrada por el maravilloso escenario, había olvidado que éste era el día del aniversario de la muerte de nuestro pequeño niño no nacido. Pero de repente vino a mi mente, sin invitación, el pensamiento para recordármelo. Buscando dentro del agua clara y fría del lago, toque una piedra pequeña y suave. Mi bebé era incluso más pequeño que aquella piedra cuando murió. Cerré mi mano a su alrededor, agradecida por algo tangible que agarrar.

En la secreta fortaleza de mi corazón su pequeña llama flameara por siempre.

Una piedra. Pensé en mis padres y en la tradición de colocar una piedra en sus tumbas cada vez que los visito. Me los imagino en el paraíso, jugando con su nieto, amándolo como habrían amado a sus otros nietos en este mundo. Me reconforto con esa imagen y con la esperanza de que algún día, cuando llegue Mashiaj, nos encontraremos todos. Mi hijo me llamará 'mami' y yo lo sostendría por fin.

Yo quería prender una vela en memoria de nuestra "pequeña alma" y sentir que él estaría reconfortado por esa especial luz. Pero mi esposo le preguntó a nuestro rabino, quien le dijo que desgraciadamente esto no se acostumbra a hacer. Un bebé que nació puede tener una vela en su memoria, pero esto no es apropiado para una pérdida.

¿Qué aprendí de este pequeño pedacito de alma, el cual toco la mía como el ala de una mariposa? Tal vez aprendí a apreciar más a los niños con los cuales he sido bendecida. A tener más paciencia y compasión. A compartir más la tristeza de otros. Un recuerdo de que toda vida es preciosa, sin importar cuán revoltosa o intangible pueda ser. A pesar de que no puedo prender una vela en memoria de mi bebé, en la secreta fortaleza de mi corazón su llama flameara por siempre.

Una versión de este artículo fue publicada por la revista Mishpajá.