“Quiero decirles algo sobre su padre que nunca les he dicho antes”.

Era la noche del yortzait de mi padre, cuando mi familia se reúne para honrar el alma de mi padre. El hermano de mi madre, Rav Jacob, recordó la primera vez que conoció a mi padre.

“Después de la guerra, nos instalamos en un diminuto departamento subterráneo. Es difícil describir la atmósfera que había en ese entonces. Todos estábamos con neurosis de guerra, pero estábamos sumamente felices de estar vivos y de tener un lugar donde recostar nuestras cabezas para dormir. Queríamos tanto reconstruir. En aquellos días, era un milagro encontrar familiares que hubieran sobrevivido”.

Él llevó luz a aquel diminuto y oscuro departamento.

“Un día, sonó el teléfono y su padre se presentó. Dijo que tenía el mismo apellido, Jungreis, y que creía que era un primo lejano. Obviamente Mamá y Zeyde (mis abuelos) invitaron a su padre inmediatamente. Sin importar qué vida tuviéramos, estábamos felices de compartir. A pesar de que sobrevivimos a las llamas de Bergen Belsen, perdimos abuelos, bisabuelos, primos, tías y tíos. Perdimos todo lo que teníamos, pero al menos nos teníamos el uno al otro. Sin embargo su padre había perdido a todos. No podíamos imaginarnos en qué condición estaría él”.

“Esa noche él entró por la puerta. Era muy alto. Pero lo que más recuerdo es su sonrisa. Él trataba de alegrar a todos y crear una atmósfera alegre. Ahí estábamos, pensando que éramos nosotros los que lo ayudaríamos a él, pero él nos afectó a todos con su alegría. Siempre tenía un chiste para hacernos sonreír. Su excelente sentido del humor trajo luz a aquel diminuto y oscuro departamento”.

“¡Y cómo cantaba! Tenía una hermosa voz y le encantaba cantar. Recuerdo pensar cuán increíble era eso: Un hombre que había sufrido una increíble devastación, pero que aún podía llenar la habitación con canciones. ¡Qué regalo!”.

De regreso en Egipto

Me pregunto cómo encontró mi padre el regalo de la música, la risa y la alegría a pesar de todo el sufrimiento. ¿Cuán a menudo nos enfrentamos a desafíos y nos sentimos tristes y deprimidos, sin poder siquiera brindar una sonrisa o una linda palabra?

En Pesaj, muchos de nosotros nos sentamos en el Séder después de haber pasado un año difícil. Algunos han sufrido a causa de tragedias naturales, otros han enfrentado intensas presiones financieras, desafíos con niños o parejas que les han causado tristezas, problemas de salud o problemas emocionales. Son innumerables los desafíos que nos puede presentar la vida. Nos enfrentamos a la aterrorizante amenaza de Irán y al odio del Islam radical a lo largo del mundo. Las lluvias de cohetes han hecho que nuestros hermanos y hermanas en Israel tengan que correr a buscar refugio.

Cada uno de estos es nuestro “Egipto personal”

En la noche del Séder recordamos nuestra esclavitud en Egipto, Mitzraim en hebreo, que deriva de la palabra tzar, ‘angosto’. Cada generación tiene su propio Mitzraim, aquellos momentos en que nos sentimos abrumados, como si estuviéramos atrapados en un camino angosto sin ningún lugar a donde ir. En aquellos momentos nos vence la emoción de la "angostura" y nos sentimos restringidos, casi ahogados.

Nos desvelamos, y nos preguntamos qué pasará.

Estamos de regreso en Egipto.

De la oscuridad al amanecer

En la noche de Pesaj, abrimos nuestra Hagadá y llenamos la noche con canciones. La música es el lenguaje del alma, y nos eleva hacia una esfera más alta. Cantamos las Cuatro Preguntas, cantamos Dayenu y le agradecemos a Dios por Su bondad, cantamos Ejad Mi Yodea, Jad Gadiá y otras melodías que han sido transmitidas de generación a generación.

A medida que cantamos narramos la historia de nuestro pueblo. Cómo en cada generación han intentado destruirnos, pero Dios nunca nos ha abandonado. Cómo fuimos afligidos, maltratados y oprimidos, pero nunca abandonados. Y cómo Dios escuchó nuestros llantos y recordó Su pacto con nuestros ancestros.

Sin embargo, ¿por qué recordamos todo este dolor y sufrimiento? ¿No deberíamos enfocarnos mejor en los innumerables milagros que hubo? ¿Por qué nuestros hijos deben quedarse despiertos hasta tarde por la noche escuchando sobre plagas y esclavitud, y experimentando la amargura del Maror?

En la noche del Séder tenemos la oportunidad de transmitir nuestro legado a los corazones y mentes de nuestros hijos, el mensaje de que a pesar de que hemos sufrido, también hemos triunfado. Entendimos en los años que estuvimos en Egipto que sin importar adónde nos lleve la vida y sin importar cuán difícil sea el desafío, Dios nunca nos abandonará. Sí, habrá noches difíciles en el camino. Habrá momentos en que sentiremos como si estuviéramos viviendo en los confines de Egipto. Pero después de la parte más oscura de la noche siempre viene el amanecer y la redención. Nunca debemos perder la esperanza ni en nosotros ni en nuestro pueblo.

La canción de la vida

La primera gran canción de la Torá viene después de la partición del mar, poco después de que los judíos habían salido de Egipto. Nuestros sabios nos enseñan que muchas familias sufrieron la pérdida de seres queridos durante la plaga de la oscuridad. Imaginen cuánto dolor sentían estos sobrevivientes. Habría sido mucho más fácil para ellos simplemente rendirse. Sin embargo, ellos encontraron dentro de sí mismos la habilidad de trascender toda la adversidad y de unirse a Moshé en un canto. El pueblo de Israel se rehusó a extinguir su chispa interna.

La canción de la vida siempre debe continuar.

Aquí se encuentra el mensaje principal de la noche del Séder: habrá tiempos en que nos sentiremos cansados, en que nuestro espíritu estará bajo y no tendremos fuerzas. Sin embargo, nunca debemos perder nuestra habilidad de abrir nuestros corazones con alegría. Este es el momento en que nace la fe. Dios vive en nuestros corazones.

A medida que guiamos a nuestros hijos y a quienes nos acompañan en la mesa del Séder, debemos recordar este mensaje: no caigas en la oscuridad. Nunca pierdas la esperanza. Incluso en los tiempos más difíciles, hay un plan y un propósito Divino. Este entendimiento nos mantendrá y nos permitirá mantener nuestro espíritu. Y con esa fe podremos triunfar por sobre la adversidad.

Los últimos días que compartí con mi padre estuvimos reunidos alrededor de su cama cantando. Llenamos su gris habitación de hospital con las melodías y los rezos que él nos cantaba cuando éramos pequeños. Y cuando crecimos, él cargaba a nuestros bebés y continuaba cantando sus preciosas melodías.

En la noche del Séder, volvemos a contar la historia de nuestro pueblo. Nos elevamos hasta comprender que a pesar del sufrimiento, nunca debemos cerrar nuestros corazones. Este fue el legado de mi padre: la canción de la vida siempre debe continuar.