Creí que mi amiga Rajel se emocionaría con el email. Pero no fue así.

Todo comenzó con un rutinario mail de una admiradora de AishLatino.com. Lo leí por encima hasta que algo me hizo reaccionar tardíamente:

¡Me encanta su sitio! Cubre todos los temas. Me encanta aprender sobre la historia de nuestras festividades, la parte espiritual, el mensaje del rabino, etc.

Hace poco me encontré con un ex compañero de secundaria que ahora es un ministro religioso sin iglesia. Él comenzó inmediatamente a tratar de convertirme contándome sobre los judíos mesiánicos, y luego me contó sobre cuántos judíos se están convirtiendo para ser judíos mesiánicos. Me sentí atacada. Esas personas son mi pueblo. Le dije que jamás abandonaría mi pueblo para convertirme. Sonrió y me dijo: "te han atrapado". Discutí con él a gritos.

Al final, se dio cuenta que había elegido a la persona equivocada. Le agradezco a mi familia, a mi dulce y querida maestra de la escuela hebrea, la Sra. Bulko…

¿Sra. Bulko? ¿Se refería a la madre de Rajel, quien murió hace 25 años? La madre de Rajel enseñaba en una escuela hebrea. ¿No sería increíble que esta lectora de AishLatino.com se estuviera refiriendo a la madre de Rajel, mi mejor amiga de la infancia?

Yo estaba excitada con la posibilidad de que 25 años después de la muerte de la Sra. Bulko, una de sus alumnas de la escuela hebrea continuara recordándola con aprecio. Le mandé inmediatamente el email a Rajel con la nota: ¿Se está refiriendo a tu madre?

La respuesta de Rajel me dejó helada:

Probablemente. Ella menciona que es de nuestra área. Sin embargo, creo que mi madre habría sido más suave y comprensiva con la idea de que las personas tienen diferentes creencias.

¿Sólo tenía derecho a defender la causa de los judíos si enviaba primero un video sobre los negros?

¿Diferentes creencias? La escritora de la carta estaba enojada porque un misionario cristiano estaba tratando de convertirla, algo que ella consideró una traición a su pueblo. ¿Debemos los judíos ser suaves y comprensivos cuando confrontamos a las personas que quieren convertir a los judíos al cristianismo? La Sra. Bulko que yo conocí era una orgullosa judía que hubiera sido tan desafiante como la escritora de la carta frente a los misioneros cristianos. ¿Qué le pasaba a su hija?

Justo la semana anterior mi marido había tenido su propia conmoción por causa de un email. Él le había reenviado a su lista personal un video de YouTube que denunciaba la perversión de la justicia en el caso de un judío que había sido sentenciado a 28 años de prisión por un fraude bancario. Jaim, el mejor amigo de mi marido en la adolescencia, envió este mordaz email en respuesta:

Este tipo de situación le ha ocurrido a los afro-americanos de Norteamérica desde la declaración de la independencia. ¿Dónde estuvo tu ira antes de que un judío fuera la víctima? Tu sensibilidad selectiva es reveladora, por decir lo menos.

Mi marido sintió su respuesta como un golpe directo en la cara. ¿Sólo tenía derecho a defender la causa de su prójimo judío si primero enviaba videos sobre injusticias con los afro-americanos? ¿Qué tiene de malo la sensibilidad selectiva hacia la propia familia, pueblo o nación?

Cuando el balance se vuelve traición

Daniel Gordis, una de las voces más elocuentes en el mundo judío, se vio involucrado en una disputa durante la última guerra en Gaza. Teniendo a sus dos hijos sirviendo en las FDI y apostados en la frontera de Gaza para una inminente invasión (que nunca ocurrió), Gordis se molestó mucho por una misiva que había sido escrita por la rabina Sharon Brous a su congregación, la cual Gordis consideró imparcial hasta el punto de traición. Escribiendo en The Times of Israel, él declaró:

El universalismo, notó Cynthia Ozick en una ocasión, se ha convertido en el particularismo de los judíos. Cada vez más, nuestra creencia más fundamental sobre nosotros mismos es que no nos atrevemos a que nuestro pueblo nos importe más de lo que nos importan los demás…

Esta incapacidad para distinguirnos de la humanidad en general, esta incapacidad para celebrar nuestros propios orígenes, nuestro propio Pueblo y nuestra propia tierra, es —según argumento en mi último libro The Promise of Israel— totalmente disfuncional. ¿Acaso no nos importan más nuestros propios hijos que los hijos de los demás? ¿No es eso lo correcto? ¿No somos más responsables por nuestros padres que por los padres de otros?...

Ya es suficientemente malo el hecho que el judaísmo, el cual está absolutamente universalizado, esté casi completamente divorciado de la riqueza del legado del pueblo judío y de la visión de nuestros textos clásicos. Pero en semanas como esta, en la que miles de israelíes se encuentran durmiendo en refugios antibombas y muchos millones más están indescriptiblemente asustados, queda claro que este judaísmo universalizado no sólo ha banalizado a los judíos, sino que ha hecho algo peor. Nos ha legado a un judío completamente incapaz de sentir lealtad.

La necesidad de un balance es tan dominante que incluso una mayor expresión de amor por los israelíes que por sus enemigos se ha vuelto imposible. El balance nos ha dejado en herencia a la traición.

Mientras leía la misiva de la rabina Brous, no pude dejar de pensar en mis dos hijos, ambos en el ejército, cada uno haciendo su parte para salvar al estado judío de este último ataque. Lo que quería oír era que a la rabina Brous le importan mis niños (a quienes ella cuidó cuando éramos jóvenes) más que los niños de los terroristas. Esta semana en particular, quería que ella le dijera a su comunidad que amasen a mi familia y a mis vecinos más de lo que aman a las personas que eligieron a Hamás y que celebran cada ataque suicida que mata judíos. ¿Es eso demasiado pedir?

Círculos concéntricos

El rabino Abraham Isaac Kook, primer Gran Rabino de Israel, ofreció un paradigma que resuelve el conflicto entre el universalista y el particularista. El paradigma describe círculos concéntricos.

En el centro del círculo está uno mismo. Es una verdad sicológica que la persona que no puede amarse a sí misma no podrá amar a nadie más.

Es más fácil amar a las víctimas anónimas y desconocidas de la hambruna africana que amar al padre que te dice cómo debes vivir tu vida.

El círculo siguiente es la propia familia. Un hombre que conocí afirmaba amar a toda la humanidad, pero no habló con su padre durante 12 años y boicoteó su funeral. Es más fácil amar a las víctimas anónimas y desconocidas de la hambruna africana que amar al padre que te dice cómo vivir tu vida, al hermano que te pidió dinero prestado y no te lo devuelve, a la pareja que siempre llega tarde (o que es extremadamente puntual) o al hijo o hija cuya rebelión adolescente comienza a los 11 años y termina a los 23.

El amor hacia tu propia familia tiene precedencia una vez que entiendes qué es realmente el amor. El amor no es un sentimiento; es una habilidad, al igual que tocar el violín y el salto con garrocha.

Las declaraciones de amor que no son confirmadas con una acción son lo mismo que afirmar poder tocar el concierto de violonchelo de Tchaikovski en B menor con el violín sobre tus piernas. Uno no puede tocar esa pieza para virtuosos sin antes haber pasado cientos de horas ejercitando posiciones bajas, altas y cambios de posiciones. La vida en familia provee los ejercicios necesarios para dominar la habilidad de amar. Si no puedes dejar tu partido del domingo para pasar tiempo con tu esposa, si le gritas a tu hijo por romper un objeto costoso, si estás demasiado ocupado como para llamar a tu mamá en su cumpleaños, entonces ¿cómo puedes afirmar amar a las miles de víctimas del tsunami japonés?

El pueblo judío

El siguiente círculo concéntrico es tu pueblo o tu grupo. Para los judíos esto significa el pueblo judío. De acuerdo a la cábala, todos los judíos comparten una misma alma grupal. En un pasado no tan distante todos los judíos intuíamos esta verdad. Alguien me contó que de adolescente, a finales de la década del 40, iba en camioneta por su ciudad con sus amigos. Paraban en todas las esquinas y pedían fondos para comprar armas para el naciente estado judío, mientras dos de ellos sostenían una bandera israelí como si fuese una sábana para recibir las donaciones. —Nunca vi nada así ?contó?. La gente vaciaba sus bolsillos, nos daban todo lo que tenían, sin siquiera mirar cuánto era.

Esta misma lealtad intuitiva al pueblo judío se ha manifestado con lágrimas y trauma cada vez que los judíos de Israel han sido asesinados en un ataque terrorista. También se ha manifestado como vergüenza cada vez que un judío famoso ha sido condenado por un crimen. ¿Quién de nosotros no se avergonzó por Bernard Madoff? ¿Quién de nosotros no sintió orgullo cuando Elie Wiesel ganó el Premio Nobel de la Paz? Y nadie se avergonzó de sentir ese orgullo.

La asimilación ha reemplazado a los "miembros de la tribu" por los "ciudadanos del mundo".

Sin embargo, la asimilación ha reemplazado a los "miembros de la tribu" por los "ciudadanos del mundo". La diferencia entre "miembros de la tribu" y "ciudadanos del mundo" es la misma que hay entre tener amigos reales y tener amigos de Facebook. Lo que se gana en amplitud se sacrifica en profundidad.

Cuando pasé mi último año de universidad en India, en la era pre-internet, decidimos con mi amiga Julie ir a Calcuta para Rosh HaShaná. Después de un viaje de 24 horas un tren de tercera clase desde Varanasi, llegamos sucias, desarregladas y vestidas en jeans a la última sinagoga que quedaba en Calcuta mientras el atardecer anunciaba la entrada de Rosh HaShaná. Los ancianos congregantes eran el remanente de la comunidad judía que había llegado a India desde Irak tres siglos atrás.

¿Qué teníamos nosotras, dos judías de occidente, en común con estos judíos indio-iraquíes que jamás habían escuchado sobre salmón ahumado y hamburguesas? Sin embargo, ellos nos recibieron con calidez e inmediatamente nos ofrecieron un lugar para dormir y comer durante toda nuestra estadía en Calcuta. Lo más destacable no es que nos ayudaron en todo lo que necesitábamos, sino que tanto nosotras como ellos asumimos que era obvio que lo harían, ya que pertenecíamos a la misma mishpajá (familia).

A lo largo de los siglos, los viajeros judíos que han visitado lugares remotos siempre han sido recibidos por sus semejantes judíos con los brazos abiertos. El poeta Robert Frost escribió: “Hogar es donde, cuando llegas, te dejan entrar”. Si es así, entonces el judío itinerante, incluso en los lugares más distantes y extraños, siempre encontró un hogar cuando mostró su tarjeta identificadora como miembro de la tribu.

Renegar esa distinción religiosa/étnica particular nos convierte a todos en lo que el escritor de Village Voice, Paul Cowan, lamentablemente denominó ‘huérfanos de historia’. Estos huérfanos son individuos que no tienen familia, raíces ni sentido de identidad histórica. Esto describe muy bien al judío asimilado, enamorado de todos, pero sin pertenecer a nada.

¿Es posible reemplazar las raíces que han sido cortadas? Paul Cowan lo hizo. Pese a ser criado por un padre tan decidido a extirpar su identidad judía que cambió el apellido de Cohen a Cowan y que jamás le permitió a su devoto padre ver a su nieto, Paul reclamó su legado judío cerca de los 40 años de edad. Pasó tiempo con otros judíos, buscó rabinos, estudió textos judíos y adoptó prácticas judías. Nacido como un ‘huérfano de historia’, Paul Cowan murió sintiéndose fuertemente identificado con sus raíces judías.

Los círculos externos

El siguiente círculo concéntrico, moviéndose hacia afuera, es el de toda la humanidad. Alimentar niños hambrientos en África tiene prioridad sobre salvar las ballenas. Legar tu fortuna para construir un hogar para gatos cuando hay gente sin un techo, durmiendo a la intemperie, es una distorsión de la verdadera compasión.

El círculo siguiente incluye a los animales. Causarles dolor a los animales está prohibido por la Torá. Experimentar con animales para desarrollar una nueva línea de cosméticos es cruel. Matar un venado que está comiendo tus queridas petunias está mal, muy mal.

El último círculo concéntrico incluye a todas las cosas vivientes. Nuestros sabios recomendaron pintar el tronco de un árbol enfermo para que los transeúntes supieran que deben rezar para que se cure. Pero la persona que demuestra más amor por sus flores que por su tía anciana tiene las prioridades gravemente distorsionadas.

Preguntar si puedes identificarte como judío y aún así amar a toda la humanidad es como preguntar si puedes amar a tu madre y aún así amar a tu mascota. Por supuesto que puedes, siempre y cuando ames más a tu madre.

Hace 2.000 años, el sabio Hilel proclamó: “Si yo no estoy para mí, ¿quién lo estará?”. Es decir: prioriza tu amor de acuerdo a círculos concéntricos. Hilel continuó diciendo: “Pero si estoy sólo para mí, entonces ¿qué soy?”. Es decir: no te quedes varado en los círculos más internos. La verdad es que el amor verdadero, al igual que la luz, irradia hacia afuera. Cuanto más te ames a ti mismo, a tu familia y a tu pueblo, más amarás a los círculos externos.

El particularismo no es el opuesto del universalismo; es su campo de entrenamiento.

Y lo opuesto también es aterradoramente cierto. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes pusieron gran esmero en proveer refugios para las mascotas de los judíos que habían deportado y asesinado.

Quien se salta los círculos internos en favor de los externos, lo hace a riesgo de su propia moralidad.

Un atleta especialista en salto con garrocha que quiere llegar a ser el mejor no puede comenzar con un salto de seis metros. Comienza con un par de metros y, con práctica, va mejorando gradualmente. El amor —que es una habilidad mucho más difícil de dominar que el salto largo, ya que requiere superar el empuje gravitacional hacia el egoísmo innato— también es una habilidad que debe ser practicada y dominada gradualmente.

Un judío que domina el amor propio, el amor a su familia y a todo el pueblo judío, estará listo para amar a toda la humanidad y más. El particularismo no es el opuesto del universalismo; es su campo de entrenamiento.